TIEMPOS DE RESCATE (II) Rescatar el pensamiento
TIEMPOS DE RESCATE (II)
Rescatar el pensamiento
Estanislao Martín
Rincón
En el artículo anterior echábamos una
ojeada panorámica a la cuestión del rescate, presentando varios ámbitos de la
vida cotidiana cuyo rescate para la normalidad entendemos justificado. En este
segundo artículo, enfocaremos el rescate hacia el mundo de la educación y de la
familia, tratando de ver qué es preciso rescatar porque consideramos que están
cautivas y precisan de liberación.
No son pocas y, a mi juicio, la primera
y más urgente es la que se refiere al propio pensamiento, el cual necesita ser
rescatado de la dejación y del abandono en que se encuentra. El gran paladín
intelectual de la necesidad de recuperación del pensamiento en nuestra época ha
sido el recordado papa Benedicto XVI, el cual alertó, una y otra vez, sobre la
urgencia de devolver a la razón el papel que le corresponde, que es el de ser
el gran instrumento que nuestra naturaleza pone al servicio de la primera de
nuestras facultades: el entendimiento.
Apliquemos esta recomendación del papa
sabio a nuestra realidad concreta. Podría pensarse que los encargados de
rescatar el pensamiento deben ser los intelectuales, los académicos, los
filósofos, los gobernantes, pero ¿también los que no tenemos otras
responsabilidades que las de la vida ordinaria?, ¿acaso podemos hacer algo en
este campo?, ¿tanto nos va en ello? La respuesta es sí, un sí rotundo. Este sí
brota de un hecho irrefutable y es que “Dios dio el mundo al hombre para que
pensara” (Ecl 3, 11). “Al hombre”, es decir, al ser humano, a todos los
hombres, no solo a los pensadores “profesionales”. A los ciudadanos de a pie no
nos tocará marcar las pautas por donde debe discurrir la vida contemporánea, ni
alumbrar a la sociedad en su conjunto, pero sí nos toca organizar nuestra vida,
atender a nuestras obligaciones particulares, velar por nuestras familias,
llevar adelante nuestras casas y trabajos. A los padres de familia les toca
gobernar su vida y la de sus hijos, para ello hay que decidir porque gobernar
consiste, sobre todo, en tomar decisiones, y las decisiones se toman de acuerdo
a las ideas o principios que cada cual considera importantes. La dinámica
propia de la vida activa exige estar actuando permanentemente. De la mañana a
la noche, cada jornada es un hacer continuo; día sí, día también, hay que estar
organizando los asuntos cotidianos, hay que decir y callar, aprobar y
desaprobar, ejecutar y aplazar, etc. Pues bien, para todo ello y por delante de
lo que haya que hacer, lo primero es pensar, aunque es claro que con solo
pensar no se resuelven los asuntos cotidianos. En la vida lo definitivo son las
obras, no el pensamiento, pero por él hay que empezar porque el “principio de toda obra es el pensamiento, y antes de toda
acción está la reflexión” (Eclo 37, 16). Tan esencial le resulta al hombre el hecho de pensar que santo
Tomás de Aquino llega a decir que de todo lo humano, lo que más ama Dios en
nosotros es la inteligencia.
Pero digo más, no basta con pensar solo
una vez, hay que pensar lo pensado. Hoy tenemos una imperiosa necesidad de
pensar sobre el pensamiento, de reflexionar sobre nuestra reflexión, que a fin
de cuentas esta es una característica exclusiva del hombre. Cuando, por influjo
de Lineo, se caracterizó a los seres humanos como pertenecientes a la especie homo
sapiens, la expresión tardó poco en ser ampliada duplicando la palabra
sapiens: sapiens sapiens, que significa que el hombre no es solo el ser
que sabe, sino el que sabe que sabe. Esto es lo específico nuestro, no solo
saber, sino saber que sabemos; no solo pensar, sino pensar el pensamiento,
pensar sobre lo pensado. Esto es lo propio del alma humana, volver sobre sí,
re-flexionar (volver a flexionarse), doblarse sobre sí misma para entrar en
nuestro interior y tomar conciencia de nuestra conciencia. ¡Qué necesidad
tenemos de hacer una y otra vez este movimiento de regreso hacia nuestra
hondura interior en todos los órdenes!, especialmente en los campos intelectual
y moral, es decir en el orden de las ideas y de los actos.
Podría parecer que esta reflexión está
de más, pero erraría quien lo sostuviera. Tengo por cierto que pensamos poco
sobre nosotros mismos porque hoy el pensamiento anda escaso de libertad, ya que
son muchos los obstáculos que le impiden moverse con la soltura que necesita y
por eso tiene que ser rescatado, liberado de frenos y barreras. A los grandes
impedimentos de siempre, que básicamente son la ignorancia y los prejuicios,
hoy hay que añadir algunos propios de nuestra época, como son la
hiperactividad, las dificultades del lenguaje, la pasión por el éxito, la
multiplicidad de necesidades y, sobre todos ellos, la falta de claridad sobre
el sentido de la vida. El pensamiento necesita conocimientos previos,
criterios, tiempo para la reflexión y alas para volar, y todas estas cosas
mencionadas son ligaduras que le impiden ejercitarse como corresponde a nuestro
ser hombres. De todas estas barreras digamos algo sobre dos de ellas: la
barrera del tiempo y la falta de claridad del sentido de la vida.
El pensamiento humano se hace razonando
y el razonamiento no es otra cosa que un flujo de ideas que se van engarzando
unas a otras hasta formar una corriente continua, un curso, que puede
compararse al curso de un río. De aquí que a nuestro razonar le llamamos
también discurrir, por el parecido del razonamiento con el discurrir del agua
del río. La comparación es válida pero no hay un calco entre el curso del agua
del río y el curso de las ideas en nuestras cabezas. Y no lo hay por dos
motivos: porque el agua no puede volver hacia atrás y el pensamiento sí, y, por
otra parte, porque el agua de un río no puede errar en su fluir y nuestros
razonamientos sí.
No solo es que necesitemos tiempo para
discurrir sino para no errar, o errar lo menos posible, porque nuestro entender
está muy expuesto a desviaciones, oscuridades y errores. Somos hombres, no
somos Dios. No tenemos el entendimiento divino que penetra todas las cosas con
una visión que está libre de error y fuera del tiempo. En Dios ver y entender
es lo mismo, en nosotros no. Vemos primero y entendemos después, si es que
entendemos, y además, con muchísima frecuencia, con nuestro entendimiento muy
oscurecido por un sinfín de causas. Pensar exige tiempo y pensar bien, más
tiempo aún, y todavía más para pensar bien sobre lo pensado.
Pero sigamos con el ejemplo del río,
que es válido, aunque no sea un calco del razonamiento, como se acaba de decir.
Lo importante de un río es su agua, pero el agua no se desplaza por el aire,
sino por un cauce, al agua le resulta imprescindible un lecho firme por donde
discurrir. Pues algo parecido ocurre con el pensamiento humano y es que nuestra
mente necesita un soporte. En el caso del río el soporte viene dado por el
lecho y las riberas. Nosotros, que somos cuerpo y espíritu, necesitamos dos
cauces, uno material, nuestra cabeza física, y otro intelectual, los criterios.
La cabeza es el soporte material para
poder pensar, y dentro de ella, especialmente el cerebro que hoy está sufriendo
ataques físicos muy serios, tanto más peligrosos cuanto más tierno está: sobreestimulación
sensorial, alimentación incorrecta, descontrolada o voluntariamente rechazada
(ahí están los problemas de bulimia y anorexia), pornografía, consumo de
ansiolíticos, de estimulantes, de alucinógenos y de drogas (el alcohol entre
ellas).
El soporte intelectual son las pautas
educativas: criterios, normas, hábitos y actitudes. De todos ellos digamos algo
sobre los primeros. Llamamos criterios a los esquemas de pensamiento que
utiliza la razón para poder entender la realidad. ¿Qué esquemas son esos? Los
mismos con los que está organizada la realidad, siendo el principal, el
criterio de finalidad.
La realidad no está organizada al azar,
sino de manera racional, con lógica, con sensatez. Aprendamos de la creación
que se nos hace visible en la naturaleza, tanto en nuestra propia naturaleza
como en la del resto de los seres creados. Todo está hecho con equilibrio, con
relaciones de dependencia, con jerarquía, con progresión, con orden, con
proporción, con medida, con belleza, y, sobre todo, con una finalidad, con un
para qué. Todos estos criterios están a la vista y todos son valiosos, pero el
principal es el de finalidad; no es el único, pero sí es el principal porque es
el que da unidad y sentido a todos los demás y, en consecuencia, a todos los
aspectos de nuestra vida. El criterio de finalidad es el que preside y
justifica (el que debería presidir y justificar) toda nuestra actividad: los
proyectos que hacemos, las decisiones que tomamos, los medios que hay que
emplear en cada caso, los tiempos, las normas a las que ajustarse, etc.
Sin saber cuál es la finalidad última
para hacer lo que hacemos, la vida se convierte en un devenir de actividades
inconexas, que se agotan en su propia realización, sin ninguna trascendencia
que dé sentido a lo que hacemos y que merezca el esfuerzo. Ese tipo de vida
intrascendente es vida, pero vida animal, no la que nos corresponde como
hombres. Los animales no saben de trascendencia, los hombres no podemos vivir
sin ella. En los animales su existencia se agota en la inmediatez de su
presente, satisfacen su necesidades y ahí acaba todo. Nosotros también tenemos
que resolver las necesidades del presente, pero con los ojos puestos en algo
más que el mero presente. El hombre es un ser lanzado al futuro, somos
proyectivos, por eso nos caben la esperanza y el miedo ante el mañana, por eso
hacemos planes, diseñamos proyectos, prevemos, nos ilusionamos o nos asustamos
ante el porvenir. El papa Francisco es quizá la voz que más se ha hecho oír
advirtiendo de que no podemos dejarnos robar es la esperanza. La advertencia no
puede ser más oportuna, por eso tenemos que preguntarnos qué podemos hacer para
que no se nos robe la esperanza.
La respuesta definitiva es religiosa y
se llama Jesucristo, pero yo ahora quiero centrarme en lo que podemos hacer por
cuenta propia, y estoy convencido de que la mejor manera de poner de nuestra
parte para preservar y custodiar la esperanza, es afianzarnos en criterios de
verdad, en vivir no de ensoñaciones sino en dotar a nuestras cabezas de
principios que se ajusten a la realidad. En pensar y pensar lo pensado. Porque
resulta que quien más quien menos, aquí andamos unos y otros tan ocupados, tan
superocupados, teniendo tanto que hacer y tanto que decidir sobre la inmediatez
de lo que nos ocupa, que no queda resquicio para pensar sobre nosotros mismos.
Lo que más llama la atención, al menos la mía, es que, generalmente, sabemos
que esto es así, lo aceptamos, lo reconocemos, pero no veo que nos decidamos a
poner remedio. Y así nos va. Porque nos puede parecer que no pasa nada por no
poner remedio a esta situación, pero sí pasa. Pasa que mientras nosotros nos
dedicamos a hacer sin pensar, otros se dedican a pensar lo que nosotros
acabaremos haciendo. Y así, paso a paso, se degrada nuestro mundo, se rompen
nuestras familias, se vacían nuestras iglesias, se desmorona nuestra nación, se
suicidan nuestros adolescentes, se pudre nuestra alma... ¿La solución está en
pensar? No, las soluciones no están en el pensamiento, sino en las obras, pero
no acertaremos con ninguna vía de solución si no empezamos por pensar porque
-insisto- “antes de toda acción está la reflexión”.
Armemos nuestras cabezas y las de los
nuestros hijos y alumnos con fundamentos de verdad, acostumbrémonos y hagamos
que se pregunten el porqué y, sobre todo, el para qué de las cosas. Rescatemos
el pensamiento, la lógica, enseñemos a pensar empezando por desarrollar las
capacidades de observación y asombro, y sobre todo, démosles sentido. La falta
de sentido de la vida, unida a un ejercicio erróneo de la autoridad familiar es
una verdadera tragedia, especialmente para los adolescentes y jóvenes. En una
familia -digamos normal- mientras los hijos son niños, el sentido de la vida no
constituye problema alguno porque se lo dan los padres. Los hijos viven para lo
mismo que vivan sus padres, sin mayor complicación, pero cuando se acaba la
infancia y llega la adolescencia, el hijo tiende a derrumbar el edificio que le
han construido sus padres porque necesita levantar el suyo propio, se siente
llamado a encontrar el sentido de su vida por sí mismo. Y aquí le hacen falta
motivaciones fuertes, ideales altos, empresas que merezcan la pena. Para quien
lo quiera aceptar, no existe empresa mayor que tomarse la fe en serio, sea cual
sea el camino por donde deba transitar el proyecto de vida de cada uno, que ese
es personal para cada cual y no todos estamos llamados a lo mismo.
Aprendamos de la naturaleza
familiarizándonos con ella, que ella nos
enseña a pensar, observémosla despacio y descubriremos que en ella no existe el
azar, ni la suerte, ni la casualidad; todo, absolutamente todo tiene una
finalidad, un para qué que justifica que las cosas sean como son. Si lo
hacemos, aprovechemos, de paso, para descubrir las maravillas que encierra y
entonces surgirá el asombro porque no hay ninguna posibilidad de observar
cualquier aspecto de la creación con alguna profundidad y no quedar
maravillados, lo cual lleva, necesariamente, a pensar y a expresar lo pensado.
Menos luces led y más sol, menos pantallas y más campo, menos artificios y más
naturaleza viva.
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