TIEMPOS DE RESCATE (III) Rescatar el lenguaje
TIEMPOS DE RESCATE (III)
Rescatar el lenguaje
Estanislao Martín
Rincón
Pensamiento y lenguaje están unidos con
una relación tan estrecha que no se puede tratar de uno de ellos sin tratar
también al otro. Por eso, después de haber visto en el artículo anterior la
necesidad de rescatar el pensamiento, corresponde decir alguna cosa sobre el
rescate del lenguaje. Vaya por delante que es un rescate más que necesario,
imprescindible y además urgente.
Pensamiento y lenguaje no son lo mismo
porque no es lo mismo pensar que hablar (o escribir), pero la estrechez de su
relación se pone de manifiesto en su dependencia recíproca ya que ninguno de
los dos puede darse sin el otro. No hay pensamiento sin lenguaje porque
pensamos con palabras y no hay lenguaje sin pensamiento por un doble motivo:
por una parte, porque el lenguaje es la exteriorización del pensamiento, y, por
otra, porque el lenguaje configura el pensamiento. Podríamos sintetizar esta
recíproca dependencia diciendo que hablamos como pensamos y pensamos como hablamos.
Por esta causa, si queremos rescatar el pensamiento, necesariamente tenemos que
rescatar el lenguaje y, recíprocamente, para rescatar el lenguaje, hay que
rescatar el pensamiento.
¿Por dónde empezamos? Por los dos
frentes al mismo tiempo. Decíamos en el artículo anterior que para pensar bien
no basta con tener buenas capacidades intelectuales, hacen falta, además, un
cerebro físicamente bien cuidado y unos esquemas de pensamiento que son como
los carriles por donde discurre la razón. Señalábamos cuatro de esos esquemas:
criterios, normas, hábitos y actitudes, y nos fijábamos solamente en el primero
de ellos, los criterios. Pues bien, si ahora nos preguntamos cómo se adquieren
la mayor parte de esos esquemas de pensamiento, tenemos que responder que se
adquieren con el lenguaje, y no me refiero al lenguaje de los hechos, que
también, sino al de las palabras. Los esquemas de pensamiento que nos ayudan a
razonar bien se transmiten con palabras, sean orales, sean escritas, que, de
momento, tanto da lo uno como lo otro (más adelante diremos algo sobre las
diferencias y la necesidad de cultivar ambas variantes del lenguaje, la oral y
la escrita).
Vengamos ahora con la cuestión del
rescate del lenguaje que es la que nos ocupa, haciéndonos dos preguntas: ¿qué
es lo que hay que rescatar?, y, sea ello lo que quiera, ¿por qué hay que
rescatarlo?
Cuando se dice que hay necesidad de
rescatar el lenguaje, se podría pensar que lo que se está proponiendo es
aferrarse al uso de palabras y expresiones de uso común en otras épocas y que
con el paso del tiempo van perdiendo vigencia. Es verdad que hay palabras que
lamentablemente dejan de usarse sin motivo que lo justifique (por ejemplo
cuando una palabra de otra lengua viene a sustituir a su homóloga española),
pero no, no es eso a lo que me refiero, sino al mal uso del lenguaje. Lo que en
mi opinión necesita ser rescatado, salvado, es el bien hablar y el bien
escribir, no las palabras que dejan de estar vigentes por muerte natural; el
inmovilismo no tiene defensa posible, el buen uso sí.
El inmovilismo es contrario al
dinamismo de la vida y el lenguaje es semejante a un organismo vivo. Ningún ser
vivo, y menos el hombre, se queda estancado en el tiempo. El inmovilismo es
contrario a la naturaleza en general y a nuestra naturaleza humana en
particular, porque somos cambiantes, crecederos, renovables, y esto tanto a
nivel individual como grupal; cambiamos los individuos y cambian las
sociedades. Y con el lenguaje, que es una producción humana, pasa como con todo
lo humano, que está sometido a un proceso de cambio ininterrumpido. Las
palabras son como las células del lenguaje y ocurre con ellas algo muy parecido
a lo que ocurre con nuestro cuerpo, cuyas células van muriendo y se regeneran,
porque las viejas son sustituidas por otras nuevas que vienen a ocupar el lugar
de aquellas.
El rescate del lenguaje que aquí se
propone no apunta, pues, al dinamismo del lenguaje, sino a cuatro aspectos que
tienen que ver con su buen uso: la corrección, la propiedad, la amplitud y la
limpieza.
La corrección exige el empleo de los
términos sin errores, tanto en el lenguaje oral como en el escrito. En el
lenguaje oral la corrección consiste en emplear las palabras adecuadas de
manera clara y sin errores gramaticales, en vocalizar bien y en construir las
oraciones de manera ordenada. En cuanto a la escritura, escribir con corrección
es hacerlo con una ortografía correcta, una puntuación que agilice la lectura y
una redacción sencilla, que facilite la comprensión de lo escrito. Esto es lo
que hay que rescatar porque llevamos mucho perdido y seguimos perdiendo; luego,
si además se puede escribir con algo de estilo, bienvenido sea.
El segundo aspecto a tener en cuenta,
la propiedad, tiene que ver con el vocabulario. Hablar y escribir con propiedad
es usar las palabras con su significado preciso, lo cual está íntimamente
relacionado con el tercer aspecto, la amplitud. La amplitud es el equipaje
lingüístico con el que nos desenvolvemos en nuestra vida activa, en todos los
órdenes de la vida activa. El primero y más elemental es el de la información:
dar y recibir datos, dar y recibir noticias, comunicar hechos. Es evidente que
el lenguaje sirve para entenderse, pero la comunicación tiene varios niveles de
profundidad, y este de la comunicación informativa es el más somero. Para
entenderse en este nivel basta con unos centenares de palabras con los que ir
resolviendo las necesidades básicas más corrientes. Cosa distinta es cuando
tenemos que desmenuzar la realidad y entender sus detalles más sutiles, como ocurre
con el lenguaje técnico de cualquier disciplina y también con los movimientos
de la vida interior de la persona. Cuanto más depuradas sean las ideas, más
preciso tiene que ser el lenguaje con el fin de que la comunicación pueda ser
expuesta y entendida con claridad. Se ve así justificada la necesidad de contar
con una buena dotación de vocabulario. El lenguaje de cada persona es su caja
de herramientas intelectuales; cuanto mejor equipada esté la caja, mayores
posibilidades para afinar en el pensamiento y, en consecuencia, mayor capacidad
de comprensión y expresión de la realidad.
En cuarto lugar hay que rescatar la
limpieza del lenguaje. La limpieza, en cualquier campo que se trate, va unida
al esmero. Cuidemos el lenguaje y hagámoslo con limpieza, con esmero, sin
concesiones a la tosquedad reinante, que es abrumadora. A través de películas,
primero, y después en el resto de los medios, hemos asumido como normal un
lenguaje extremadamente chabacano, violento y procaz. Y no lo es, no es normal,
por muy extendido que esté, que lo está, y por eso precisamente el lenguaje
necesita ser rescatado. En esta época es misión casi imposible encontrar una
canción, una novela, una película o un programa de televisión que no participe
de ese lenguaje desgarrado y zafio, cuando no blasfemo. Parece como si fuera
necesario, pero no lo es, no es verdad que haya necesidad de usar expresiones
malsonantes. En este punto hay que
afirmar con fuerza que el lenguaje soez nunca está justificado; cualquier
idioma (y tal vez el nuestro más que otros) posee una inmensa riqueza de
vocabulario que cubre todas las necesidades lingüísticas, todos los estados de
ánimo, y para decir lo que se quiera decir, por grave o incómodo que sea, hay
expresiones de sobra sin necesidad de recurrir al insulto ni a expresiones
maleducadas. Es justamente al revés, esa riqueza de vocabulario permite la
ironía fina con la que sobrevolar, si hiciera falta, por encima de la grosería
sin tener que manchar los labios con palabras de barro.
Y no se piense que la alternativa al
lenguaje zafio es el lenguaje mojigato, que no es así. No hay ningún dilema que
nos obligue a optar entre la grosería o el remilgo. Ese dilema es falso. La
verdad no consiste en rechazar un error para elegir el error de signo
contrario. No es cuestión de ir de finolis por la vida, ni de usar expresiones
repipis, sino de sencillez y buen gusto, de educación, en definitiva. En esta
cuestión, como en todas las que tienen que ver con la conducta humana, la
Palabra de Dios viene en nuestra ayuda: “Malas
palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y
oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4, 29).
Así pues, como acabamos de ver, el
rescate del lenguaje no consiste en recuperar palabras y expresiones caducadas,
sino en usar el lenguaje con propiedad, con corrección, con amplitud y con
limpieza, o lo que es lo mismo, con bondad, verdad y belleza, con lo cual
pasamos a responder a la segunda pregunta que nos hemos hecho: ¿por qué hay que
rescatar el lenguaje? Porque el lenguaje actual sobreabunda en mentira y error,
porque vela el bien y lo confunde con el mal y porque le sobra zafiedad y le
falta el atractivo de la elegancia.
Hay que rescatar la bondad de las
palabras porque el lenguaje es un arma poderosísima, de doble filo, con la que
se puede hacer mucho bien y mucho mal. La palabra puesta al servicio del bien,
la palabra buena y constructiva, da vida. Decir esto no es un adorno, ni una
forma de hablar “biensonante”, sino realismo puro. Poner la palabra al servicio
del bien es bien decir, bendecir, y toda bendición es portadora de vida, no de
vida física, pero sí de oxígeno para la vida anímica. Quien más quien menos,
tenemos experiencia de que una palabra de ánimo en el momento oportuno, una
palabra de consuelo, de liberación, de sosiego, son vida para el alma. Y
probablemente también tengamos experiencias de lo contrario, de palabras que,
puestas al servicio del mal, pueden enturbiar el ánimo y aún asfixiarlo. Del
mismo modo que las palabras bienhechoras vivifican, las palabras maléficas
matan, valga como ejemplo cualquier expresión cargada de odio.
En segundo lugar, rescatar el lenguaje
al servicio de la verdad, que viene a ser lo mismo que rescatar la verdad
misma. No diré mucho sobre este punto porque ya hablé de ello en el primer
artículo de esta serie publicado el pasado mes de marzo. Será suficiente con
recordar la necesidad de veracidad que tenemos siempre y en todo, y
probablemente hoy más que nunca, que vivimos en un mundo en el que abunda la
doblez y la mentira. Doblez y mentira versionada de mil maneras, con mil caras,
la mayoría de las veces enmascarada con los más variados disfraces, y en otras,
campando sin rubor con todo desparpajo y descaro.
Rescatar el lenguaje para la verdad
supone utilizarlo con rigor, llamando a las cosas por su nombre que es la mejor
manera de combatir su manipulación. Dada la relación inseparable entre
pensamiento y lenguaje, sabe bien el manipulador que para cambiar la manera de
pensar antes debe manipular el lenguaje deformando o vaciando de contenido los
conceptos heredados del pasado. Esta es una las estrategias preferidas por el
manipulador: mantener el mismo término, el mismo vocablo, pero alterando el
concepto, modificando o sustituyendo el significado original por otro acomodado
a sus intereses.
Comentarios
Publicar un comentario