TIEMPOS DE RESCATE (IV) Rescatar el pasado: la memoria
TIEMPOS DE RESCATE (IV)
Rescatar el pasado: la memoria
Estanislao Martín
Rincón
Muchas veces, y desde distintos
enfoques, ha salido en estos artículos la idea de que mientras vivimos en esta
tierra somos seres temporales, sometidos a los dictados de lo que llamamos
tiempo. Aunque el concepto de tiempo es una cuestión compleja y difícil de
abordar, algunas de sus consecuencias son relativamente sencillas, como esta
del tiempo pasado. Mientras vivimos, las personas estamos siempre en presente,
somos siempre actuales, pero a la vez, a poca edad que tengamos, tenemos un
pasado. Y no solo lo tenemos, sino que es crecedero, está en estado de
expansión continua hasta que lo detenga el momento de la muerte; según vamos
cumpliendo años, nuestro pasado personal se va dilatando, cada vez mayor,
aumentando en la misma medida que se acorta el tiempo de vida.
Que esto necesariamente sea así supone
varias cosas, de las cuales aquí nos vamos a fijar en la importancia de la
memoria para explicar qué es eso de rescatar el pasado, empezando por
preguntarnos por qué hay que rescatarlo.
¿Por qué hay que rescatar el pasado?
Respuesta: Hay que rescatar el pasado porque está en riesgo de desaparecer. El
pasado es una especie en peligro de extinción, y por ello mismo, es una especie
que merece especial protección. Se podría pensar que es imposible que el pasado
desaparezca porque es inmodificable, y si alguien pusiera esta objeción, habría
que darle la razón; ciertamente todo lo acontecido se ha quedado inmovilizado
en el tiempo, de tal modo que no hay ninguna posibilidad de que los hechos no
sean lo que han sido. “Contra facta non valent argumenta”, reza un dicho
latino. Y así es. Los hechos son tan tozudos que contra ellos no hay argumentos
que valgan (lo hecho, hecho está), pero contra el desconocimiento y la gestión
que se haga del pasado en el presente sí hay argumentos que valen. La cosa no
está en si el pasado se puede cambiar o no (que no se puede), sino en tomar
ante él la postura más correcta, porque de la postura que tomemos ante el
pasado, de qué actitudes tomemos ante él, dependerá en buena medida nuestro
presente. Según nos ubiquemos y valoremos nuestro ayer, el individual y el
grupal, así nos ubicaremos ante nuestro hoy. Somos seres biográficos, no
venimos del aire, ni hemos aparecido en este mundo por generación espontánea,
sino como brotes nuevos, como retoños de un tronco viejo que ha existido desde
mucho antes que nosotros y que nos ha aportado, necesariamente, una parte
importante de nuestra identidad (no toda la identidad, solo una parte, pero una
parte muy importante).
La cultura contemporánea, la que ha
imperado desde la segunda mitad del siglo XX, y la que nos está tocando vivir
en el actual siglo XXI, es una amenaza muy seria para la pervivencia de nuestro
pasado. El dinamismo de esta época, que es un dinamismo de agitación y de
fugacidad, por ser de fugacidad nos está obligando (dicho en general) a vivir
huyendo, disparados hacia adelante sin saber muy bien a dónde nos dirigimos.
Las tres preguntas fundamentales que todo hombre está llamado a responderse:
quién soy, de dónde vengo y adónde voy, no son tres preguntas inconexas, sino
interdependientes, de tal manera que para responder a cualquiera de ellas, hay
que responder a las otras dos. De todas las posibilidades de respuesta, ahora
solo nos interesa quedarnos con que no podemos saber quiénes somos si no
sabemos de dónde venimos. Borrar el pasado es incrustar un espacio vacío en la
línea del tiempo con lo cual la memoria se queda sin continuidad y el presente
sin explicación. Borrar el pasado, deformarlo, mutilarlo o gestionarlo
erróneamente, son atentados contra la propia identidad individual y colectiva,
es decir, contra el propio ser. Sea para admirar los hechos del pasado o
condenarlos, sea para dolerse o complacerse de que las cosas hayan sido como
han sido, la única postura realista ante el pasado es asumirlo como tal. Quien
no asume su historia personal o colectiva se autoexcluye de la vía de la verdad
sobre sí mismo y sobre todo lo que es suyo.
Valgan un par de ejemplos (los dos son
dolorosos) de situaciones problemáticas, una de tipo individual y otra
colectiva, que confirman lo que se acaba de decir. El primero es el caso que se
repite con relativa frecuencia de una persona que, pasados los años, se entera
de que su origen no es el que venía suponiendo. Por la causa que sea, digamos
que por estos ringorrangos que tiene la vida, un buen día alguien se entera de
que no conoce su verdad, que sus progenitores, los que lo engendraron, no son
las personas a las que ha llamado padres durante toda su vida. Se cual sea la
reacción: conformidad, rechazo, rebeldía, búsqueda, etc., lo que es inexcusable
es una crisis de identidad. ¿Entonces, quién soy yo? Una crisis seria que luego
se resolverá bien o mal, mejor o peor, o no se resolverá, dependiendo de cómo
se conjuguen las circunstancias particulares que acompañan a cada persona, y
que, según los casos, pueden cambiar la vida.
El otro ejemplo lo tomamos de una
biografía bastante conocida, la del papa san Juan Pablo II. En septiembre de
1939 las tropas alemanas invadieron Polonia. Karol Wojtyła había cumplido 19
años en mayo de ese mismo año y aún no se había decidido por el sacerdocio.
Ante la invasión nazi, parte de la juventud polaca optó por la resistencia
armada, con acciones de lucha y sabotaje. Otros, en cambio, como nuestro
protagonista y algunos más de sus amigos jóvenes, se dedicaron a estudiar y
hacer teatro clandestino para lo cual montaron una compañía de teatro
aficionado, el Teatro Rapsódico, que llevó a cabo diversas representaciones,
entre ellas, de obras escritas por el propio Wojtyła. ¿Hacer teatro era eficaz
para luchar contra los invasores alemanes?, ¿qué clase de lucha era esa?,
¿acaso podía tener alguna eficacia?
Vaya que sí. Aleccionados por sus profesores
(todos destituidos, unos recluidos en el gueto de Cracovia, otros prisioneros
en campos de concentración), estos jóvenes estudiantes católicos entendieron
que su lucha no consistía en poner bombas para matar alemanes, sino en
alimentar el espíritu de resistencia polaco frente al invasor manteniendo viva
la identidad nacional, con el poder de la palabra y la memoria de la historia
de su patria. De eso iba el teatro, de dramas con los que alimentar el alma y
sostener la esperanza en momentos tan horribles como los que estaba sufriendo
Polonia; dicho con otras palabras, de rescatar su pasado histórico y literario.
No estaban las cosas como para arriesgar el tipo haciendo comedias. Bien
persuadidos debían estar los jóvenes actores como para jugarse la vida con esas
representaciones, y la misma persuasión, si no más, tenían los nazis cuyo
objetivo principal no era la ocupación militar de Polonia, sino borrar la
cultura nacional de las cabezas polacas para imponer la germánica. Sabían bien
que desmemorizar a la persona, prohibir las tradiciones colectivas, borrar la
propia historia y sus valores culturales, es hacer perder a un pueblo sus señas
de identidad.
Cuando la amenaza de borrado se cierne
sobre la memoria y la tradición, lo que está en juego no son unos usos o unas
costumbres, que ayer eran unas y mañana pueden ser otras. No se trata de
agarrarse a un pasado inamovible, sino a una identidad y eso es lo que está en
peligro de extinción, el propio ser colectivo y con él, el ser individual
porque uno no es al margen de su tierra, de su historia y su tradición, razón
por la cual todas estas cosas han de ser defendidas. Lo que está en riesgo de
extinción es el ser. Así se entiende que Ramiro de Maeztu escribiera que “ser
es defenderse”. ¿Que quién es Ramiro de Maeztu? Un intelectual de raza, un
español de Vitoria, hijo de padre vasco y madre inglesa en cuya biografía no me
puedo detener pero que merece mucho la pena. Uno de tantos intelectuales del
siglo XX, hoy desconocidos, y cuyo rescate es tarea obligada porque es de
justicia histórica. Esa cita suya no puede ser más oportuna para nuestro tema,
por eso voy a transcribir algunas líneas del párrafo en donde se encuentra, ya
que ilustra muy bien el sentido de lo que venimos diciendo. Previendo la
tragedia que se estaba cuajando en el horizonte, un año antes del estallido
revolucionario de 1934 en Asturias, Maeztu, evocando el cometido de los
caballeros cristianos de la Edad Media de ser garantes y defensores de los
grandes valores, en el número 36 de la revista Acción Española, por él
dirigida, escribía lo siguiente:
“Ser es
defenderse. Todo lo que vale: la fe, la patria, la tradición, la cultura, el
amor, la amistad, tiene que ser defendido, para seguir siendo. No hay
vacaciones posibles ante la necesidad de la defensa. Esas islas afortunadas
donde los hombres pueden dormir a pierna suelta, sin preocuparse del mañana, no
son más que un sueño de pereza. Ser es defenderse. Y los maestros de la defensa
son los caballeros. Esa es su función y su razón de ser”.
Nosotros ahora no estamos invadidos por
tanques, ni estamos en la España de 1934, pero sí estamos siendo invadidos por
una gigantesca marea de deshumanización y anticultura que se materializa en
sucesivas oleadas de ataques contra la familia, la tradición, las instituciones,
el derecho, la historia, la cultura hispánica secular y sobre todo contra la fe
católica que en buena parte ha inspirado y modelado los campos anteriores.
¿Cómo se explica esa inquina contra la fe en un país que presume de tolerante y
liberal? Por la misma razón que en el Imperio Romano, en los tres primeros
siglos de nuestra era, estuvieron admitidos todos los cultos excepto el
cristiano. No hay historiador serio que niegue que fue la fe cristiana la que
en el pasado hizo que España dejara de ser un puzle de pueblos bárbaros para
tomar conciencia de unidad, la misma fe que, a trancas y barrancas, sorteando
todo tipo de obstáculos, ha manteniendo esa unidad hasta el día de hoy. A
partir de la Revolución Francesa se desata toda una ofensiva de deconstrucción
de las sociedades cristianas europeas. Es una ofensiva que arranca lenta, con
avances y retrocesos, pero en expansión acelerada, que en nuestra época ha
llegado a todo el orbe. Como es fácil de entender, nosotros en España no íbamos
a ser una excepción, a pesar de nuestra tradición y nuestras raíces históricas,
profundamente católicas, y no solo a pesar de estas raíces, sino precisamente
por ellas.
La tarea de demolición cultural
emprendida desde entonces en lo que fue la antigua cristiandad europea (y en
las sociedades más adelantadas de otros continentes, hijas culturales de la
Europa cristiana), hoy arrecia con especial virulencia, es gigantesca, abarca
todos los frentes y cuenta con medios poderosísimos: cine, televisión, música,
literatura, sistemas educativos, redes sociales, prensa... Una hidra de mil
cabezas, verdadero Goliat colectivo contemporáneo. Y dispone además de todo un
ejército de peones, colaboradores voluntarios al servicio de ese derribo, la
mayoría de los cuales, probablemente ignoren su condición de peones e ignoren
también los servicios que están prestando a esa empresa demoledora.
Ahora toca preguntarse quién tiene que
hacer esta labor de rescate, quién puede descabezar a esta hidra multicultural.
Aparte de las intervenciones en la historia humana que Dios en sus designios
impenetrables tenga previstos (que no son descartables), esta labor de rescate
solo pueden llevarla a cabo los convencidos muy convencidos de su necesidad,
solo ellos, cada cual desde el lugar y función que le haya tocado en esta
sociedad y en esta vida. Lo primero es tomar conciencia, pensar, que decíamos
en el mes de febrero; lo segundo, hablar y escribir, que apuntábamos en marzo;
lo tercero actuar en favor de la memoria, las tradiciones y la historia.
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