TIEMPOS DE RESCATE (V) Rescatar el pasado: geografía, historia, relatos
TIEMPOS DE RESCATE (VII)
Rescatar el bien
Estanislao Martín
Rincón
Vamos a abundar en la idea con la que
cerrábamos el artículo TIEMPOS DE RESCATE (V) Rescatar el pasado: geografía,
historia, relatos, porque entonces quedó solamente apuntada y merece que
nos paremos en ella con cierto detenimiento. Sosteníamos la necesidad de
recuperar los grandes relatos en su versión original. El motivo por el que hay
que recuperarlos no es porque se estén perdiendo, sino porque se están
versionando en sentido contrario al que se escribieron. Se escribieron con la
finalidad de distinguir con mucha claridad el bien del mal, para aficionar y
aplaudir el primero y rechazar el segundo. Este planteamiento se ha invertido y
los personajes que antes eran malos, ahora se presentan como buenos y amables,
y los que antes eran prudentes, ahora resultan ser ingenuamente bobos.
Señalábamos entonces el valor y la
necesidad de los grandes relatos especialmente en la infancia porque cultivan
la fantasía al tiempo que presentan estereotipos del bien y el mal. Estos
relatos son un recurso ameno y sencillo para hacer que resulte atractivo y
fácil entender algo que en sí mismo es complejo y misterioso, el problema del
mal, que es, en definitiva, el mayor problema de la existencia humana y de cada
hombre en particular.
El relativismo dominante ha sembrado
con éxito indudable una idea cuyos efectos resultan perniciosos y es que el
bien y mal no son excluyentes, sino compatibles, porque lo que llamamos bien y
mal —dicen los relativistas— no son dos extremos contrarios, sino puntos de
vista distintos susceptibles de entendimiento y sobre los cuales cabe
establecer diversas posturas intermedias que pueden ser consensuadas. Se trata
de una idea muy extendida, muy aceptada, muy asentada en las cabezas
contemporáneas, pero errónea. No es verdad que el bien y el mal sean casaderos
entre sí, el bien y el mal admiten distintos grados, eso sí, en uno y otro hay
distintas intensidades, pero se repelen como se repelen los polos de un imán.
La filosofía perenne explica que el bien y mal son un correlato del ser y el
no-ser (la nada), y entre el ser y el no ser —sigue diciendo esa misma
filosofía— no hay término medio.
La razón es que el mal no es algo que
tenga cuerpo en sí mismo ni que se sostenga por sí mismo, sino algo que ocurre
en el bien, que sí se sostiene a sí mismo, y porque se sostiene a sí mismo,
puede acoger y dar soporte al mal. Valga el ejemplo del agujero. Un agujero no
es un objeto, no es nada consistente, algo que podamos coger y soltar, sino un
espacio vacío más o menos redondeado dentro de un cuerpo sólido. Un árbol, una
piedra, un animal, etc., tienen su ser propio, pueden existir solos en medio
del campo; un agujero, en cambio no tiene existencia propia, no puede existir
él solo, tiene que estar en algo, en un cuerpo que se ha horadado. Lo mismo podríamos
decir de una mancha, de un desconchón, o de una sombra en el suelo; cuando
vemos una sombra no vemos ningún ser, sino una zona no iluminada delimitada por
un contorno dentro de otra zona que sí está iluminada y en la que se da un
déficit de luz a la que denominamos sombra.
Pues eso es el mal, una mella que se le
hace al bien, un agujero, una sombra, un desconchón, una carencia de bien que
acontece dentro de cualquier ser. Por eso bien y mal son opuestos e
irreconciliables, con una oposición que no puede ser pacífica ni conviviente,
sino en disputa, en permanente enemistad, mantenida en el tiempo mientras el
mal exista. Así lo enseña la Iglesia: “Toda la vida humana, la individual y la
colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el
mal, entre la luz y las tinieblas” (Gaudium et spes, 13).
En los grandes relatos, tomemos
cualquiera de los infantiles clásicos, el esquema es muy simple: los personajes
que encarnan el bien y el mal mantienen una lucha cerrada y son irreconciliables,
el bien se presenta benéfico y atractivo y el mal genera miedo porque
representa el peligro. Las versiones actuales lo que hacen es invertir este
esquema (mejor dicho, subvertirlo) de modo que los personajes que representan
el mal suscitan adhesiones mientras que los que representan el bien suscitan
rechazo. Cualquiera puede comprobar que los personajes malvados y
desvergonzados, los monstruos y las brujas ahora son amigables, por lo cual no
infunden miedo, mientras que los buenos son ingenuos y torpes.
La estrategia está muy bien calculada
para conseguir dar la vuelta a los valores que transmitían los relatos
originales. La estrategia consiste en mantener los papeles: los malos siguen
siendo malos y los buenos, buenos, pero no hay razón para temer a los malos
porque son inocuos, no hacen daño, es decir, manteniendo el papel de malos, no
lo son tanto. Mal hablados, sí, pero simpáticos; desvergonzados, pero
resueltos; engañadores, pero ocurrentes, agudos, sagaces. Enfrente los buenos
siguen representando el bien, pero son presentados como tipos relamidos y
bobos, a los que se puede engañar fácilmente. Siendo así, ¿a ver quién quiere
identificarse con estos últimos? La estrategia funciona porque está montada
sobre la exaltación de la inteligencia y la inteligencia es lo que más noble y
lo más digno que tenemos los hombres; si de algo huimos los humanos es de ser
considerados poco espabilados, hasta el punto que preferimos ser tomados por
egoístas y malos antes que ser tomados por tontos. “Antes muerta que sencilla”,
decía una canción infantil que muchos recordarán porque quedó ganadora en el
festival de Eurovisión infantil en 2006.
Esto no deja de ser una muestra, pero
es muy significativa de la subversión de los conceptos de bien y mal, una
subversión que en asuntos de mayor calado está teniendo consecuencias
dolorosísimas. Una de ellas es dejar de temer al mal. Cuando el mal se presenta
como aliado del bien y no como enemigo, entonces no hay motivos para precaverse
y menos aún para luchar contra él. De este modo se abre una vía de buenismo, de
consenso, de diálogo y confraternización; una vía que es muy válida para buscar
la unidad y alcanzar acuerdos en otros campos, pero que aplicada al binomio
bien/mal resulta letal. Al mal se le combate, no se le tolera; se le rechaza de
plano, no se pacta ni se coquetea con él. La vida el hombre sobre la tierra —y
más aún la vida del cristiano—no es un paseo en volandas por la existencia,
sino milicia, lucha cerrada para la que se necesita mucho convencimiento y
mucho vigor, mucha virtud, mucha perseverancia porque el mal es terco y
recurrente, no se da por vencido, no abandona, sino que repite y repite sus
embestidas.
Al mal en todas sus formas y con todos
sus disfraces hay que temerlo. El miedo no es cosa vergonzante ni descalifica a
quien lo siente. El miedo es un recurso psicológico, una pasión valiosísima
(como lo son todas las pasiones) que, debidamente ordenada, sirve para evitar
peligros. Temer al mal es señal de prudencia, no de cobardía. A lo que no se
puede temer es al bien, a hacer el bien, a defenderlo, aunque sea arduo y
doloroso. En muchos aspectos, el bien hoy está desacreditado; por eso hay que
rescatarlo. El bien de la sinceridad, de la honradez, de la conciencia recta,
del respeto a la palabra dada; el bien que es la inocencia, la castidad, la
sencillez; el bien de la misericordia, del perdón, de renunciar a la venganza,
de aceptar sufrir una injusticia antes que cometerla; el bien que se deriva de
la amistad, de la austeridad, de la entrega y del servicio...
Otra consecuencia es la ofuscación del
entendimiento. Al desdibujar las fronteras entre el bien y el mal, cuando no se
tiene clara su oposición, bien y mal aparecen indiferenciados a nuestros ojos,
confundidos (con-fundidos: fundidos uno con otro), con lo cual la inteligencia
queda a oscuras sin saber separarlos. El problema del mal no está tanto en la
voluntad —que también— cuanto en la inteligencia. No es fácil encontrar
personas de mala voluntad, animadas por la malicia, se dan, pero no es frecuente
porque nuestra naturaleza está orientada hacia el bien. Nuestra voluntad
siempre apetece el bien, pero para determinarse hacia él, tiene que reconocerlo
como tal. Si lo que es malo se presenta como bueno y no reaccionamos contra esa
subversión, quizá sin darnos cuenta, nos encontraremos aceptándolo y cooperando
con él. No abunda la mala voluntad, pero la confusión campa a sus anchas y sin
querer hacer positivamente el mal, este crece y crece desmesuradamente.
Valgan algunos ejemplos. Si al divorcio
lo vemos como un bien, como solución y no como un enemigo del que huir —fuente
de problemas mayores que los que se pretenden resolver—, no hay barrera humana
para que un matrimonio aguante los embates de una crisis seria. Fácilmente la
inteligencia se persuadirá de que la solución (el bien) es divorciarse; así lo
verán los afectados porque la ruptura, que en sí misma es un mal, se ha
presentado confundida con el bien.
Otro ejemplo: si la pornografía se
entiende como una actividad divertida, como un entretenimiento de adultos
inocuo, que no hace daño a nadie, a ver quién convence a un joven para que
luche contra su propia lujuria y contra una corriente extendidísima en los
ambientes juveniles. Ser adultos es algo bueno, divertirse también lo es, más
aún recibir aceptación social, pero la pornografía es un mal potente que daña
gravemente la salud psicológica y moral de cualquiera. ¿Son gentes de mala
voluntad los muchachos actuales? No, al menos la inmensa mayoría. ¿Tienen clara
la diferencia entre bien y mal? Hay que pensar que no del todo. ¿Se les ha
trabajado la inteligencia para distinguir el bien del mal, y la voluntad para
aferrarse al primero y luchar contra el segundo? Hay que pensar que menos
todavía.
Rescatar el bien es rescatar el
concepto de virtud y no solo el concepto sino su educación y su práctica. Hace
años dedicamos esta sección de la revista a la educación en las virtudes
morales, quizá convenga volver sobre ellas.
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