EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (IV) Trabajo
“Con el trabajo el hombre hace
exterior lo que es interior” (Friedrich Fröbel. Pedagogo alemán. Siglo XIX).
Estamos viendo a lo largo de
esta serie de artículos diversos aspectos de la perfectibilidad humana. Digamos
desde el principio que una de las vías de perfeccionamiento de la persona es el
trabajo. La persona que se entrega a su trabajo con dedicación y esmero, crece
interiormente en sentido de la responsabilidad, demuestra ser capaz de asumir
compromisos valiosos y por ese motivo se hace merecedora de confianza y respeto
por parte de los demás. Todo ello le reporta a la persona trabajadora la
consideración por parte de los demás, que es uno de los ingredientes que hacen
la vida hasta cierto punto feliz, o al menos llevadera.
Tan valioso resulta el trabajo
que bien merece la pena adentrarnos en su concepto tratando de explorar la
riqueza que contiene, que es mucha. En el trabajo, como en el resto de
actividades humanas, hay que empezar distinguiendo dos grandes campos, el objetivo
(en lo que consiste) y el subjetivo (el modo personal de vivirlo).
Objetivamente llamamos trabajo a la ocupación remunerada (aunque no siempre
porque también hay trabajos no pagados con dinero, por ejemplo, el de una ama
de casa, o los trabajos de voluntariado) y llamamos trabajo también al efecto
de trabajar, es decir, al producto obtenido.
El trabajo de suyo es productivo
ya que siempre se genera algo, si bien no toda producción es trabajo. También
producen las máquinas y los animales, pero ni las máquinas ni los animales
trabajan. Lo mismo cabe decir si en vez de fijarnos en los animales, ponemos la
mirada en los seres superiores a nosotros, los ángeles; tampoco ellos trabajan.
Aunque los ángeles son seres activos, y en actividad continua, sin descanso,
esa actividad suya no puede ser entendida como trabajo. El nombre de trabajo se
ha reservado para los hombres como una ocupación exclusivamente nuestra.
Lo que produce el hombre
mediante el trabajo son bienes, cosas provechosas de la más variada índole.
Unos son bienes físicos como el pan que hornea un panadero, por ejemplo; otros
son bienes psicológicos, como la información que transmite un comunicador o la
diversión que proporciona un humorista; otros, en fin, son bienes
intelectuales, como la novela que escribe un literato o el conocimiento que
imparte un profesor. He presentado esta división, que es la habitual cuando se
estudia el trabajo, con el fin de significar la amplitud del mismo, pero esta
división es muy pobre porque el trabajo por ser siempre, sin excepción, una
actividad propia del hombre, tiene tantas dimensiones cuantas dimensiones
podemos distinguir en el hombre. Así, por ejemplo, cuando hablamos de trabajos
físicos, los llamamos físicos porque en ellos predomina el esfuerzo corporal,
como es el trabajo de un deportista; cuando hablamos del trabajo intelectual,
por ejemplo el del literato, es porque en él predomina la actividad intelectual,
pero en todos los trabajos intervienen todas las capacidades humanas, en todos
hay actividad física, en todos hace falta usar las capacidades intelectuales y
en todos hay unas motivaciones y unos valores asociados a unos estados de
ánimo.
Vengamos ahora al campo que nos
ocupa, que es la educación. Es verdad muy repetida, desde foros muy diversos,
que el trabajo es uno de los quehaceres —hay que decir que imprescindible—
gracias al cual la persona se realiza como tal persona. Tocamos con ello la
cara subjetiva del trabajo.
A la importantísima función
económica del trabajo que consiste en ser el medio común para el sustento, el
trabajo añade otros valores muy relevantes, como son la dignificación del
hombre (siempre que el trabajo sea objetivamente digno), su carácter formativo,
la socialización de los individuos y el progreso de la sociedad. Hasta tal
punto es valioso el trabajo que cuando la profesión se asienta y se hace
estable en la persona, la profesión es un dato que viene a añadirse a la
identidad personal, de modo que decimos que X “es” labrador, Y “es” panadero, Z
“es” pintor, etc. He elegido estos ejemplos porque siendo nombres de oficios,
se han tomado también como apellidos comunes, es decir como datos de identidad,
lo cual es prueba evidente de hasta qué punto el trabajo está formando parte de
la construcción de la persona. [En el primer artículo de esta serie quedó
explicado que la identidad de la persona es una unidad que se forma con los
datos que surgen de las preguntas quién y qué. La pregunta quién tiene una sola
respuesta, el nombre y los apellidos, la pregunta qué, en cambio, se puede
responder de varias maneras, entre ellas, una muy destacada es la profesión].
Este abanico de valores que el
trabajo encierra no le restan su carácter oneroso. El trabajo comporta una
carga que hay que sufrir porque todo trabajo requiere esfuerzo y por lo mismo,
cansa. Consume energía humana y además, con frecuencia, cuando trabajamos hemos
de aguantar molestias y superar obstáculos desagradables que suelen estar
presentes a todo trabajo.
Hecha esta breve introducción,
dedicamos este artículo al trabajo porque el trabajo es un campo fundamental
para el perfeccionamiento humano. Por ser algo que el hombre hace, ocurre con
el trabajo como con todo acto humano y es que es ambivalente ya que actúa como
causa y efecto: al mismo tiempo que el trabajo expresa la personalidad del que
lo realiza, la personalidad del que lo realiza se ve modificada con el trabajo,
enriquecida si hemos obrado bien, mermada si hemos obrado mal. Hay, pues, un
doble movimiento, de ida y vuelta: un movimiento de salida, desde el interior
de la persona hacia afuera y un movimiento de vuelta al sujeto que es causa de
perfección, de crecimiento interior. Si por una parte, hemos dicho con Fröbel
que “con el trabajo el hombre
hace exterior lo que es interior”, también podemos decir en sentido inverso
—ahora con Carlos Marx— que “al producir los medios de su vida, los hombres
producen su propia vida material de manera indirecta”. Lástima que Marx no alzara
los ojos más allá de la materialidad de la vida humana, porque habiendo verdad
en lo que dice, el trabajo construye al hombre no solo materialmente, sino en
todos los órdenes, en todas las dimensiones de la persona.
A todo lo valioso dicho hasta ahora sobre el
trabajo, que es mucho, hay que añadir una cuarta función negada por Marx y muy
olvidada en nuestra época, a pesar de que está por encima de las anteriores: la
espiritual. Con palabras del santo papa Juan Pablo II, “dado que el trabajo en
su aspecto subjetivo es siempre una acción personal, actus personae, se sigue necesariamente que en él participa el hombre completo, su cuerpo y su
espíritu, independientemente del hecho de que sea un trabajo manual o
intelectual” (encíclica Laborem excersem, sobre el trabajo humano, 24).
En esta función espiritual del trabajo también se manifiesta con mucha claridad
la ambivalencia que acabamos de señalar. El trabajo es un medio privilegiado
para dar gloria a Dios, fin principal para el que hemos sido creados, y
subordinado a este fin primero, para otro fin derivado de él, que también es
sublime: colaborar en la santificación de este mundo y de la propia persona.
Gloria a Dios y santificación del que trabaja, ida y vuelta también en la
dimensión más alta que tenemos los hombres, la de nuestro espíritu.
Dentro de esta dimensión
espiritual del trabajo, conviene recordar que el trabajo es mandato divino (por
eso es fuente de santificación) dado a Adán y Eva y asociado a su creación, es
decir, asociado a lo más íntimo de su ser y previo al pecado original. Que
fuera dado a Adán y Eva significa que fue dado a todos los hombres y que fuera
dado antes del pecado significa que era un don de Dios ínsito al ser del
hombre, es decir, no venido de fuera como un postizo, sino como parte de su
propio ser. Ese don que Dios le da al hombre, le es dado justamente después del
don de la vida y al mismo tiempo que el de la fecundidad; la carga onerosa
tanto del trabajo como de los hijos apareció tras el pecado, siendo fruto del
mismo, según sabemos por el texto bíblico. Esta es la razón última por la cual
el trabajo es perfectivo, porque siendo de origen divino, el hombre lo recibe
con su naturaleza y en su naturaleza, o sea, desde dentro de sí. Todo lo que
perfecciona al hombre hemos de ir a buscarlo en el interior del hombre, y si
apuramos más la idea, habría que decir en el hombre interior.
Fijémonos ahora en la
educación como la tarea perfectiva de la persona humana por antonomasia. Si
todo lo que perfecciona al hombre hay que ir a buscarlo a su interior, la
conclusión no se hace esperar: educar es perfeccionar el interior de la
persona, es trabajar su interioridad, su mundo interior, aunque haya que
hacerlo desde fuera. Este el motivo por el cual la manera originaria de
entender la educación es como un sacar afuera todas las potencialidades de la
persona (que están en bruto) para darles forma, es decir, formación. Ello no
excluye la otra cara de la educación, que consiste en dar desde fuera, a modo
de alimentación, pero de nada serviría dar mucho y buen alimento desde el
exterior si no hubiera un interior capaz de recibirlo y asimilarlo.
Volviendo a la riqueza que
contiene el trabajo, esta riqueza hace que veamos en el trabajo un campo único
para el perfeccionamiento de la persona y de ahí su inestimable valor como
medio educativo. Siendo así, no se entiende bien que en la educación de niños y
jóvenes el trabajo no ocupe un lugar de preeminencia, a la misma altura del
estudio, y que en la actualidad haya quedado relegado a un puesto de
inferioridad respecto de él. Pienso sobre todo en el trabajo manual, y dentro
de este, en el valor los trabajos caseros, domésticos, que siempre están al
alcance de la mano y de todas las manos. Que esta falta de aprecio por los
trabajos corrientes ocurriera en la Antigüedad pagana, precristiana, se puede
entender, ya que el trabajo manual era considerado una actividad servil, propia
de esclavos. Pero que en nuestros días se prestigien solo unos cuantos trabajos
escogidos en detrimento de los demás, especialmente de los manuales, según unas
categorías que nadie sabe quién ha establecido, eso ya tiene peor explicación.
Si figuras de la educación como san Juan Bosco, uno de los más grandes
pedagogos de la historia, se hubieran dejado de llevar por criterios de
prestigio social, en lugar de tener como norte el bien de los muchachos,
cientos de miles de estos, probablemente millones, se habrían quedados
estancados en la miseria a los que los habría forzado el elitismo profesional,
en lugar de proporcionarles la vida digna de hijos de Dios que tuvieron y
siguen teniendo en numerosos países, gracias a la formación recibida mediante
el trabajo.
Con los grandes promotores
del trabajo manual e intelectual, estamos en deuda permanente, una deuda
impagada, a la que solo Dios puede hacer justicia. Pienso en los monjes
benedictinos y su “ora et labora”, constructores de la Europa cristiana y con
ella, de la civilización de gran parte del mundo actual. Pienso en los jesuitas
y su dedicación a la formación de generaciones de jóvenes a lo largo de los
siglos, orientados al cultivo de todo lo humano, especialmente a las letras y
la investigación científica. Pienso en un rosario de instituciones educativas
de toda índole, de acogida de inmigrantes y refugiados, de recuperación de
toxicómanos, de promoción de la mujer... todas ellas teniendo al trabajo como
baluarte formativo y recurso indispensable.
Digamos para terminar que
como el hombre es un ser perfectible y la perfección nunca está lograda del
todo en esta vida, el trabajo se revela como herramienta de perfección
imprescindible en todas las etapas de la vida. Vivir pensando solo en el ocio,
cerrándose a trabajar cuando hay fuerzas y capacidad para ello, es apostar por
la mediocridad de vida. Quien pudiendo ser productivo en beneficio de los
demás, renuncia voluntariamente a serlo, se bloquea a sí mismo en su
crecimiento personal, cuyo punto más alto solo Dios conoce. San Juan Pablo II
dejó escrito que “según el designio divino, cada uno de los seres humanos es
una vida en crecimiento, desde la primera chispa de la existencia hasta el
último respiro” (Christifideles laici, 48). Nadie es, pues, buen juez de sí
mismo para poder decir que ya ha llegado al cénit de su perfección porque no
sabe si ha llegado ni cuánto le falta por perfeccionar.
Ahora bien, dicho esto,
también hay que decir que el trabajo no es un absoluto. Porque también es
verdad que el trabajo puede convertirse en un estado patológico, el de quien
vive solo para trabajar y se considera inútil cuando por edad, enfermedad, o lo
que sea, se ve impedido de hacer algo productivo. La vida no es solo trabajo,
también es descanso, ocio y contemplación. Y también estas áreas son campos de
perfectibilidad a los que quizá dediquemos alguna reflexión.
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