EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (V) Estudio
“Todos los hombres tienen, por naturaleza, el deseo de saber” (Aristóteles).
En este recorrido que venimos
haciendo por las distintas áreas que sirven de perfeccionamiento a la persona,
en esta ocasión nos detenemos en el estudio. No parece que sean necesarias
muchas explicaciones para justificar que el estudio es una de las grandes vías
de mejora del hombre, un precioso medio con el que vamos cultivando,
enriqueciendo y puliendo nuestra persona. Qué duda cabe que el estudio ayuda a
dar forma (formar) a la persona.
Como con cualquier otro tema o
cuestión que suscita interés, la primera aproximación consiste en responder
acerca del objeto. La primera pregunta es qué es. Todo lo que podamos decir
sobre cualquier tema o cuestión, dependerá de esta respuesta inicial.
El estudio consiste en aplicar
las capacidades intelectuales con intensidad y de manera sostenida a un aspecto
de la realidad con el fin de conocerlo en profundidad. Como ocurre que la
realidad es amplísima y resulta inabarcable, el estudio tiende a limitarse a
una parcela reducida, a un solo aspecto, o, como mucho, a un reducido número de
aspectos. Estudiar es concentrar y mantener la atención en ese aspecto con el
fin de conocerlo con la mayor profundidad posible.
El fin del estudio: para qué
estudiar.
Hemos visto qué es el estudio
como actividad humana, en su sentido abstracto, que es el concepto original y
genuino. Pero llevado a la vida práctica, según sea su finalidad, este concepto
se desdobla en otros dos, que vamos a denominar restringido y amplio, y cuyas
diferencias son fáciles de entender a la luz de las palabras estudiante y
estudioso, con las que discurren en paralelo estos dos sentidos del estudio. En
su sentido restringido entendemos por estudio la ocupación principal del
estudiante. Este concepto tiene carácter temporal, uno es estudiante durante
unos años y luego deja de serlo, habitualmente para pasar al mundo laboral.
El estudio en sentido amplio
tiene un sentido moral porque responde al hábito propio de una virtud: la
estudiosidad, una virtud que forma parte de la virtud de la templanza, según
santo Tomás de Aquino y cuyo objeto propio es el conocimiento. Salta a la vista
que no es lo mismo ser estudiante que ser estudioso; ser estudiante es una
ocupación, ser estudioso es una virtud. Se puede ser ambas cosas y se puede ser
una sin ser la otra porque no todos los estudiantes son estudiosos ni todos los
estudiosos (de algo) son estudiantes.
El estudio, oficio del
estudiante, es el que viene ordenado por las leyes y establecido a través de
centros educativos: escuelas, colegios, academias, institutos, universidades,
etc. Es un estudio institucionalizado, dirigido desde el poder político, estructurado
y ajustado a una normativa legal muy extensa con la que la administración
educativa regula la organización de la actividad de los centros: los objetivos
que se pretende conseguir, los contenidos que hay que impartir, los materiales
que se pueden usar, el sistema de evaluación, el calendario escolar, la
distribución de los tiempos, etc., etc., etc. El estudio institucionalizado,
por ser obligatorio en un amplio tramo de edad (6-16 años) y cuasi-obligatorio
durante varios años más, antes y después, deja escaso margen de movimiento a
padres e hijos, poco más que la elección del colegio, y a veces ni eso, por los
diversos condicionantes que tantas veces concurren.
Sobre este concepto de estudio
es mucho lo que se habla y mucho lo que hay escrito, pero no es el que ha
provocado este artículo porque el fruto de ese estudio puede coincidir más o
menos, mucho, poco o nada con el estudio al que van dirigidas estas líneas, que
es el concepto de estudio en sentido amplio, el estudio de quien practica la
virtud de la estudiosidad. Ese estudio, por ser virtuoso, es un medio
privilegiado de perfeccionamiento humano, sin que tenga demasiado que ver que
la persona sea estudiante o no lo sea, su edad o el lugar que ocupe en esta
vida. No demos por supuesto que el estudio en cuanto oficio del estudiante es
de suyo perfectivo; puede serlo, debería serlo siempre, pero con harta
frecuencia no pasa de ser el medio de aprobar exámenes.
El solo interés por la notas es
un problema crónico en el mundo académico para el que no hay solución porque
cabalga entre dos motivaciones subjetivas y ambas son buenas, aunque una mejor
que otra. Y no solo son buenas, sino compatibles, pueden darse juntas y lo
ideal es que las dos estuvieran siempre presentes. Si una fuera buena y otra
mala, la solución pasaría por fomentar la buena y prohibir la mala, o al menos
luchar contra ella. Esas dos motivaciones son la formación y el aprobado;
estudiar para formarse y estudiar para aprobar (una asignatura, una oposición,
o lo que sea). Estudiar para aprobar está muy bien y es un ejercicio de
responsabilidad por parte del estudiante muy loable; ahora bien, el objetivo de
aprobar, siendo legítimo y bueno, no es suficiente en orden a la perfección del
que estudia. Lo que perfecciona a la persona que estudia no es la nota del
examen, ni son los títulos o el trabajo que se deriven de los estudios. Lo
perfectivo del estudio está en el conocimiento que reporta y en cómo se usa, es
decir, en la gestión que se hace de ese conocimiento.
La pregunta que surge es por qué el
conocimiento de las cosas resulta perfectivo para el hombre. Respuesta: porque
conocer es una forma de poseer (una posesión intelectual) y poseer algo es
condición imprescindible para dominarlo. El primer paso para dominar es conocer
y el hombre, porque Dios así lo ha dispuesto, ha recibido el mandato y la
vocación de dominar la creación material. Hay una manera de caracterizar al
hombre que consiste en entenderlo como el ser que tiene “vocación de realidad”.
En estas mismas páginas ya salió hace años esta expresión que tomé prestada de
un intelectual del siglo XX, pensador notable y pedagogo ilustre: Víctor García
Hoz. Vocación de realidad quiere decir que al hombre le resulta atractivo
conocer la realidad y dominarla. Por el hecho de ser seres espirituales, no hay
nada que sea ajeno a nuestro interés, todo cuanto existe provoca en el hombre
el deseo de conocerlo. Decimos vocación porque que la realidad nos resulta
pro-vocativa, experimentamos su llamada, es como si nos estuviera gritando que
quiere ser ser conocida por nosotros.
Pues bien, cuando el hombre
estudia respondiendo a esa vocación y mandato, aunque no tenga conciencia
refleja de ello, entra en una dinámica de perfección, del mismo modo que cuando
responde positivamente a cualquiera de los mandatos divinos, ya que todo lo que
Dios nos manda es perfeccionante, bueno, útil y alegra el corazón. Porque Dios
es bueno, cada mandato suyo bien cumplido conlleva un salario de
bienaventuranza y alegría para quien lo cumple.
Ahora bien, el estudio, como
todo lo que es humano está sometido a dificultades y a riesgos. En la vida
humana todo es susceptible de error, distorsión y confusión. El estudio no es
ajeno a estos riesgos y dificultades. La primera dificultad viene de la naturaleza
misma del estudio. Al definir el estudio como la aplicación las capacidades
intelectuales con intensidad y de manera sostenida a un aspecto de la realidad
con el fin de conocerlo en profundidad, no se nos escapa la dureza del
mismo. Aplicar y mantener la atención sobre algo exige una tensión
considerable, que solo puede ser mantenido por una motivación alta. Cuando esta
no es alta, el estudio cansa y aburre, y a nadie se le puede pedir un esfuerzo
continuado en algo que cansa y aburre. No es esta la única razón por la cual el
estudio viene a ser una carga que a muchos se les hace costosa y les provoca
rechazo, pero sí es uno de los grandes motivos de abandono.
Motivos y motivaciones
Por parte del estudiante los
resultados del estudio dependen de un puñado de variables, de las cuales nos
vamos a fijar solamente en dos, los motivos y las motivaciones. Motivos y
motivaciones no son lo mismo. Los motivos
son las causas que justifican el estudio, es decir, el porqué hay que estudiar;
las motivaciones son los recursos psicológicos que actúan en el niño a favor
del estudio, impulsos y refuerzos que suscitan y mantienen el interés, son
ayudas de origen interno o externo para que el que tiene que estudiar, quiera
hacerlo. Tanto los motivos como las motivaciones presentan una doble cara de
objetividad y subjetividad, pero con acusadas diferencias: en los motivos
predomina la objetividad, en las motivaciones, la subjetividad.
La calidad y el valor de los
motivos dependen de su trascendencia. Cuanto más trascendentes sean los motivos
que el estudiante tenga para estudiar, cuanto más elevados, generarán
motivaciones más intensas y duraderas. Se puede estudiar porque a determinada
edad es lo que toca o para obtener tal o o cual recompensa; se puede estudiar
movidos por la responsabilidad de una obligación o por amor al conocimiento;
para cubrir unas expectativas propias o ajenas, o para dar curso a una vocación
profesional o religiosa.
La calidad y el valor de las
motivaciones dependen de su origen y su interioridad. Cuanto más externas sean
al sujeto, menor motivación, y lo mismo se ha de decir de la profundidad con
que las experimenta el que estudia: a motivaciones superficiales, respuesta
superficial, a mayor profundidad, mejor motivación. Las externas al sujeto son
las que le llegan desde el exterior. Cuando hablamos de personas en formación
(niños, adolescentes y jóvenes) el peso de las motivaciones externas es
fundamental y depende del significado de la persona que motiva, siendo las más
importantes, las figuras de apego. Cuanto más estrecha sea la relación afectiva
con alguien, mayor fuerza de motivación ejerce sobre el niño, cuanto más
distante, menor.
“El conocimiento engríe” (I Cor 8, 1).
Son palabras de san Pablo con
las que ha quedado bastante suavizada una versión anterior. “La ciencia
hincha”, era la traducción más usada hace unos años. Estamos ante otro de los
grandes riesgos del estudio, la hinchazón del alma. Dado que el estudio es una
actividad intelectual y la inteligencia es el rasgo más noble que tenemos los
humanos (el que más nos asemeja a Dios, dice santo Tomás), la excelencia en los
resultados del estudio vienen a ser en buena medida demostrativos de alta
capacidad intelectual. Que esto sea así no debería ofrecer ningún problema
siempre que los motivos y las motivaciones estuvieran rectamente ordenadas.
Si quien estudia lo hace con
vocación de ser útil a sí mismo y a los demás, no deberían presentarse
demasiados problemas; en cambio, si se hace con afán de acumular datos y
conocimientos que otros no tienen, o para propia vanagloria, entonces es
evidente que se ha distorsionado el sentido del estudio. El planteamiento
correcto es bien distinto. Quien estudia, necesariamente estudia para sí mismo,
y es muy legítimo buscar el propio interés, pero sin descuidar la búsqueda de
la verdad y el servicio a los demás. No hace falta explicar la diferencia entre
estudiar para hincharse de narcisismo a estudiar con la humildad de quien sabe
de prestado. El estudiante brillante que cae en vanidad, cae porque se siente
dueño de sí mismo y del saber; al que es humildemente brillante, la humildad le
viene de saber que vive de prestado. ¿Cómo es eso de vivir de prestado?
Vive de prestado porque reconoce
que si tiene capacidades altas es porque le han sido dadas, no por derecho
propio, y sabe además que le han sido dadas para buscar un tesoro que no es
suyo y le sobrepasa por todas partes, el tesoro del conocimiento. El conocimiento
siempre nos excede, da igual la rama que cojamos, por eso en relación con el
conocimiento si uno no es humilde por virtud, ha de serlo por necesidad. El
instruido, por instruido que esté, y por más que sea tenido por maestro, lo
cierto es que no pasará nunca de ser un pobre aprendiz.
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