EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (VI) Gratuidad
“Gratis accepistis, gratis date:
Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10, 8).
Seguimos considerando distintas
áreas de la vida humana que son objeto de educación y, en consecuencia, del
crecimiento personal de niños y jóvenes, que es objetivo esencial, básico y
permanente de toda educación. Una de esas áreas, de primer orden, es la
gratuidad, la cual procede de mirar toda la realidad, todo cuanto existe, en
clave de don. Enseñar a ver las cosas enfocándolas como don es un criterio
educativo al que ya me he referido en artículos de años anteriores. Esta
perspectiva del don es decisiva para entender uno de los aspectos de la madurez
de la persona, y, por tanto, de la educación, que es la vivencia de posesión,
el cómo conjugamos el verbo tener, tanto en la posesión de las cosas como de
las personas.
La posesión es un rasgo
característico de los humanos, hasta el punto de que alguno de nuestros
pensadores contemporáneos más prestigiosos —Leonardo Polo— ha caracterizado al hombre como
“el ser que tiene”. Si miramos a los seres que hay por encima y por debajo de
nosotros, veremos que no le falta razón. Dios no tiene, Dios es. En el lenguaje
habitual, con mucha frecuencia decimos lo contrario. Así, por ejemplo, decimos
que Dios tiene mucha paciencia con nosotros, lo cual es cierto. Así nos
entendemos y así debemos seguir entendiéndonos. Pero hablando con rigor Dios no
tiene, Dios es. Dios “Es-el-que-es” (Ex 3, 14). Tampoco tienen los animales,
cuya vida consiste en limitarse a seguir las pautas de su naturaleza y/o
adiestramiento. También aquí el lenguaje puede despistarnos porque también, por
ejemplo, que los peces tienen escamas o las aves alas, lo cual también está
bien dicho. Pero también en este caso falta rigor, porque ese “tener” (escamas
o alas) en realidad es solamente un rasgo de su ser, equivalente a cuando
decimos que tenemos cuerpo o tenemos alma. Eso no es tener, eso es ser.
El tener de Dios consiste en ser
y el tener de los animales en vivir. Nosotros en cambio, tanto para ser lo que
tenemos que llegar a ser, como para vivir, necesitamos tener. Tenemos o no
tenemos casas, vestidos, artefactos, dinero, conocimientos, educación, etc.,
cosas, todas ellas, que son sobrevenidas, dadas o adquiridas, pero que no
pertenecen a nuestro ser natural. De aquí surge la idea de posesión en la que
se basa la gratuidad de la que queremos tratar como un tema muy importante para
el proceso de perfeccionamiento de nuestros muchachos y de la persona en
general.
La posesión de las cosas tiene
dos caras opuestas, la apropiación y el desprendimiento. Las dos son
necesarias, las dos se complementan y si hablamos de proceso es porque ambas
están destinadas al crecimiento, a la mejora continua; en las dos debe haber evolución
y progreso. Esa evolución y progreso se da, como todo proceso, entre dos
puntos, uno de partida y otro de llegada. En educación el punto de partida
siempre nos viene dado y es el niño en la situación en que lo recibimos, el de
llegada no viene dado, hay que establecerlo. Pues bien, en ese proceso
arrancamos de un punto de mucha imperfección porque en la que predomina la
apropiación, pero con la esperanza de que según vamos avanzando en maduración,
la posesión por apropiación vaya disminuyendo al tiempo que crece el
desprendimiento, hasta llegar a desaparecer la primera para dejar su lugar al
segundo.
Este es el punto de llegada, la
posesión desprendida, lo cual puede parecer una contrariedad, pero no lo es. Si
hemos dicho que el hombre es el ser que tiene, y que el tener es propio del
hombre, el fin de la educación no puede ser preparar a los muchachos para no
tener porque eso sería actuar en contra de nuestra naturaleza, sino preparar
para que puedan llegar a ese estado de libertad que consiste en poseer con
desprendimiento, es decir para que puedan vivir, si quieren hacerlo, sin
dependencia de propiedad alguna, sin estar agarrados a nada, pero viéndose
poseedores de todo. El proceso de maduración en el desprendimiento es largo y
lento por la propia dinámica de la psicología humana, una de cuyas necesidades
fundamentales es la percepción de seguridad. Necesitamos sentirnos y vernos
seguros, protegidos, lo cual es absolutamente necesario y está muy bien que sea
así. Saberse seguro y protegido es la manera de ahuyentar el miedo que es uno
de los grandes enemigos psicológicos de la vida humana, si no el mayor, ya que
es el gran freno para la libertad. El miedo, junto con la ignorancia son los
grandes enemigos de la libertad, que es un don excelso de Dios y un anhelo de
toda alma humana.
Si es bueno querer vivir
seguros, ¿cuál es el problema? El problema es que nuestras seguridades son
extremadamente inseguras. La seguridad que necesitamos no nos la puede dar nada
ni nadie, solo Dios. Solo Dios asegura la vida del hombre. Nosotros, por muchas
razones, entre otras porque no podemos atar el futuro, por mucha inteligencia y
esfuerzo que empleemos, a todo lo que llegamos es a poner parches a los miedos
que vemos e imaginación para lo que suponemos, imaginaciones y parches que una
y otra vez se demuestran ineficaces. De los innumerables ejemplos que nos
ofrece la historia, basta con uno: el Titanic. La lección del Titanic y de
tantos otros fracasos no puede ser más clara. Y aún así no aprendemos, nos
sentimos más seguros con nuestra calderilla que con el tesoro que Dios nos
ofrece en su Palabra, y antes que confiar en él preferimos confiar en nuestras
pobres artes: planes, protocolos, estrategias, parapetos, ingenios, inventos...
a los que nos aferramos con uñas y dientes.
Y por eso nos da miedo el
desprendimiento, y a la hora de educar, nos negamos a hacerlo desde la
perspectiva del don. A la sabiduría de Dios —o sea, Dios mismo— que nos asegura que “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por
mí, la encontrará” (Mt 16, 25), muchos le contestamos con la nuestra, diciendo
que más vale pájaro en mano que ciento volando, que la vela que va delante es
la que alumbra y que no hay más cera que la que arde. Y otros dichos similares.
Dios sabe el peso que tiene el miedo en nuestra vida y nos advierte: “No
tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más.
Os voy a enseñar a quién tenéis que temer: temed al que, después de la muerte,
tiene poder para arrojar a la gehenna. A ese tenéis que temer, os lo
digo yo” (Lc 12, 4-5). Sabe Dios de nuestra propensión a tener y a acumular más
allá de lo necesario y un poco más adelante nos advierte: “Mirad: guardaos de
toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus
bienes” (Lc 12, 15). Nos lo dice, lo oímos y qué respondemos: Ande yo
caliente... y lindezas parecidas. Nadie podrá decir que no entiende este
lenguaje sagrado porque no se puede hablar con claridad, con más sencillez ni con mayor
autoridad, ni podrá argumentar nadie en contra, presentando hechos o ejemplos
que demuestren lo contrario. Y aún así seguimos encerrados en una terquedad
incomprensible. Y seguimos enseñando a nuestros niños y jóvenes a vivir
pensando más en sí mismos que en preocuparse por los que que tienen al lado,
empezando por sus propios padres y hermanos; vivimos agarrados a nosotros
mismos y a nuestras cosas, haciendo oídos sordos a necesidades ajenas, y con
ejemplos así les estamos induciendo a vivir de la misma manera, en lugar de
enseñarlos a entender la vida como un don, a ser desprendidos y a darse en
favor de causas nobles.
Este fin sublime de la educación
que es llegar a vivir poseyéndolo todo pero con la máxima liberalidad, sin
vivir apegado a la apropiación de nada, no es una quimera ni se apoya es una
ocurrencia más o menos acertada, se apoya en nuestra naturaleza, vamos a decir
en el diseño del hombre, que es diseño divino. Cuando se estudia con alguna
profundidad cómo estamos hechos los humanos, resulta muy fácil descubrir que la
estructura que poseemos es una estructura receptivo-dativa. Estamos hechos para
recibir y para dar, por este orden. Así está configurado nuestro cuerpo y así
funciona nuestra psicología. Como sobre esto ya escribí hace unos años en estas
mismas páginas, voy a copiar algunas líneas del artículo publicado a este
propósito en el mes de marzo de 2012. Decía entonces lo siguiente:
Del mismo modo que la morfología de un
pez proclama de manera inequívoca que está diseñado para vivir en el agua y
nadar, o que una golondrina lo está para volar, nosotros estamos hechos para la
relación y esta relación consiste en recibir y en dar. Insisto en el orden
porque no es baladí, y aunque ahora no se le pueda dedicar atención ni espacio,
es bueno dejar sentada su importancia: primero recibir y después dar. Cuando
uno se fija en el cuerpo humano y lo compara con el cuerpo de los demás
mamíferos, hay unos cuantos datos que llaman poderosamente la atención. He aquí
tres extraordinariamente relevantes: el bipedismo, la desnudez y el desarrollo
cerebral. Los tres están gritando en voz alta, para quien quiera y pueda oírlo,
que el hombre está hecho para vivir en relación y de la relación, y que esta
relación, cuando se establece con otros hombres, es ambivalente, de ida y
vuelta, hacia adentro (recibir) y hacia afuera (dar).
Recibir y dar, por este orden,
porque así está establecido en nuestra naturaleza y en nuestro desarrollo.
Comenzamos nuestra existencia recibiendo el ser, un ser que nadie puede darse
ni se da a sí mismo. Con el nacimiento seguimos recibiéndolo todo y tras él
comienza una larga etapa en la que prima el recibir sobre el dar, si bien el
dar está presente desde el mismo nacimiento. ¿Qué puede dar un recién nacido a
quien hay que darle todo hecho? Respuesta: presencia. Un recién nacido da su
presencia, su estar en medio de los adultos. Cierto que ese dar es involuntario
e inconsciente, pero es real. A los pocos meses comenzará a establecer los
primeros contactos con sus cuidadores, desarrollando con ellos una
importantísima relación de apego, especialmente con la madre. Va avanzando el
tiempo, sigue necesitando recibirlo todo, pero con esos primeros contactos
relacionales aparece una incipiente comunicación que es el siguiente paso en su
dar. Su presencia continúa siendo su don mayor pero a la presencia hay que añadir
la relación. Eso es lo que da, relación de intenso apego, reclamo de atención y
cuidados. Después, en los años de la infancia su gran preocupación será su yo,
pero ahora el dar debe ir ganando terreno, de manera que el recibir y el dar
pueden convivir con cierta estabilidad. La adolescencia puede seer un bache,
una especie de regresión en torno al sí-mismo, pero sin que el dar desaparezca.
Si el proceso es normal, con la salida de la adolescencia debería descubrir la
alegría de la entrega gratuita, que es superior a la alegría de recibir porque
hay más alegría en dar que en recibir. Quizá te preguntes, lector de dónde me
saco yo esto que acabo de decir. Para quien se lo pregunte, respondo. No son
palabras mías sino de Jesucristo, por eso me atrevo a afirmarlas sin un punto
de duda. Las he copiado de la Sagrada Escritura. Las pronuncia san Pablo y las
escribe san Lucas “recordando
las palabras del Señor Jesús, que dijo: «Hay más
dicha en dar que en recibir»” (Hch 30, 35).
¿Quieres que tus hijos sean
felices de verdad? Enséñales a dar y sobre todo a darse. Con mucha paciencia,
porque el proceso es largo, dura tanto como la vida, pero la educación hay que
comenzarla desde el momento mismo del nacimiento. Recibiendo él primero,
dándole todo cuanto necesite y empezando a pedirle en cuanto pueda dar
voluntariamente, que no será antes de los cinco o seis años. Subrayo lo de
voluntariamente, por eso hay que esperar. Y luego en la adolescencia hay que
apuntalarlo desde los dos frentes: recibir y dar, insisto en el orden.
Voy a terminar repitiendo las
mismas palabras con las que terminé el artículo de diciembre de 2011,
transcribiendo un pequeño texto de fray Juan de Yepes, uno de tantos que,
viviendo desprendidos bajo voto de pobreza, al tiempo disfrutaron de verse
poseedores de todo. Para algunos de sus contemporáneos, incluidos unos cuantos
de sus hermanos de religión, un frailezuco carmelita incómodo y un tanto
extravagante; para la Iglesia, literalmente, un santo y un sabio al que honró
con sus títulos más distinguidos: San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, el
“doctor místico”. He aquí ese texto suyo referido a la posesión:
“Míos son los cielos y mía es la tierra;
mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son
míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y
para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma
mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en
las migajas que se caen de la mesa de tu Padre”. (Dichos de luz y amor,
27).
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