EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (VII) Fecundidad

 “El sistema de poder de «este mundo» está de tal manera estructurado que no es en el encolerizado ataque, sino en la resistencia, donde se esconde la última y decisiva prueba de la verdadera fortaleza, cuya esencia puede encerrarse en esta fórmula: amar y realizar el bien, aun en el momento en que amenaza el riesgo de la herida o de la muerte, sin jamás doblegarse ante las conveniencias.” (Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. 2007).

Dos meses atrás, decíamos en el artículo de febrero, que el hombre es un ser trascendente, sin que trascendente se identifique necesariamente con ser religioso. Trascendente quiere decir que muchas de las cosas que hace, las de mayor peso, tienen importantes repercusiones, algunas de las cuales se extienden en el tiempo, incluso más allá de la vida de la persona. Las construcciones monumentales, los inventos y descubrimientos, las grandes obras culturales y artísticas, las leyes y las guerras, son ejemplos de trascendencia muy notables, donde se ve con mucha facilidad que las obras humanas superan a quienes las hicieron, en el sentido de que sus efectos se prolongan en el tiempo y son de mucho mayor alcance que lo que pudieron calcular sus autores. Ni Colón pudo prever lo que daría de sí su aventura americana, ni cabe suponer que El Greco imaginaría la acogida que su cuadro “El entierro del Señor de Orgaz” iba a tener en Japón, ni Adán y Eva pudieron entender que su desobediencia dejaría marcada con una huella profunda a la humanidad entera hasta el fin de los tiempos.

¡Vaya si es trascendente el hombre! Pero no hace falta subirse a alturas que descuellan, como las señaladas, para encontrar importantes ejemplos de trascendencia. Si decimos que el hombre es un ser trascendente y hombres somos todos los nacidos de mujer, todos nosotros debemos ser conscientes de la inmensa capacidad de trascendencia con la que hemos sido dotados. ¿Todos? Sí, todos, sin excepción. No hay persona humana sin vocación o sin capacidad de trascendencia; todos, absolutamente todos, por el hecho de ser seres singulares estamos llamados a dejar una huella a la medida de nuestros dones personales, los particulares de cada uno.

Cada cual su huella y todas profundas, aunque solo unos cuantos gocen de celebridad. La profundidad de las huellas poco tiene que ver con la fama o la publicidad. Publicidad y fama son fenómenos en la mayor parte de los casos superficiales y pasajeros, y la práctica totalidad de los que llamamos “famosos” pasarán al olvido (igual que los que estamos muy lejos de serlo) en unas cuantas décadas; solo el nombre de una minoría exigua, escasísima, seguirá resonando a través del tiempo. La trascendencia no viene por la vía de la fama sino por la de la fecundidad, aunque las obras fecundas, es decir, las que dan vida, se realicen sin hacer ruido y pasen desapercibidas: fundar una familia, responder a una llamada religiosa, llevar delante una empresa (da igual el tamaño), responder a los compromisos adquiridos en cualquier campo, dar curso a una vocación profesional, artística o política, etc.

¿Cómo sabemos que estas cosas de la vida corriente tienen trascendencia? En algunos casos es muy fácil verlo porque sus efectos son visibles, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer fundan una familia y transmiten la vida a los hijos, nuevas criaturas que nunca hubieran  existido. En otras ocasiones la fecundidad no será visible porque no siempre podemos ver los efectos de nuestros actos, pero sean los efectos visibles o invisibles, si aceptamos la doctrina de la Iglesia, “todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (Constitución Gaudium et spes, 39), es decir en el último día. Podrá parecernos que dilatar el fruto de nuestras obras hasta el último día es mucho dilatar, pero el concepto de tiempo se acaba con la muerte. A partir de ese momento todo es pura inmediatez. No cabe imaginar trascendencia ni fecundidad mayor para nuestras obras que el hecho de que estas salten de la tierra al cielo, no cabe imaginar huellas más duraderas ni más profundas que las que quedan grabadas en el cielo. Quizá nuestros nombres y nuestras obras queden enterrados en el tiempo, pero sobrevivirán cuando el tiempo se acabe, los de cada uno en el campo en que le haya tocado desenvolver su vida.

El campo del vida

Volviendo a la vid temporal, los campos que esta nos ofrece y en los que nos movemos son tan variados como variada es la actividad humana, pero hay uno que sobresale por encima de los demás, que es el campo de la vida, un campo donde la trascendencia alcanza sus cotas más altas, y, por tanto, las huellas son profundas y duraderas. No sé hasta qué punto somos conscientes de nuestra responsabilidad en el campo de la vida, que es muy grande en todo lo que se refiere a la vida en general y muy especialmente a la vida humana, en su doble vertiente de vida humana biológica y vida humana espiritual. Somos portadores de vida y no solo portadores, sino transmisores y administradores de la vida en esa doble vertiente. Es esta una responsabilidad antropológica, que pesa sobre nuestros hombros por ser hombres. Comenzó con la creación de Adán y Eva y se extiende sin interrupción a lo largo del tiempo. Sobre esta responsabilidad contraída con la vida hay que hacer un llamamiento permanente, y hoy además urgente porque nos ha tocado vivir en un momento de la historia caracterizado por la “cultura de la muerte”.

No es cuestión de comparar épocas, ni sirve para nada ver si en tal o cual momento de la historia, la vida ha prevalecido más o menos sobre sus enemigos. Que la vida ha prevalecido sobre la muerte es un hecho irrefutable porque nosotros estamos aquí, cosa que no habría ocurrido si la cultura de la muerte se hubiera impuesto sobre la de la vida. En ese caso nosotros no existiríamos ni probablemente seguiría existiendo la vida en este mundo, y quizás ni el mundo mismo. No es cuestión, por tanto, de comparar épocas, pero sí es cuestión de tomar conciencia de la gravedad del momento actual en el cual las fuerzas pro-muerte (las fuerzas del mal) llevan la iniciativa y la delantera, mientras que ocurre lo contrario en el bando de la vida.

Hablamos de la “cultura de la muerte” echando mano de una expresión muy usada por san Juan Pablo II. Así nos entendemos, pero treinta años después de que el papa la extendiera por el mundo, esa “cultura” ha seguido avanzando en amplias zonas de todos los continentes y hoy, más que “cultura”, es dictadura. Una dictadura a la que se ha llegado poniendo en práctica un plan de ataque y destrucción contra todo tipo de vida, pero con especial inquina contra la vida humana. Un plan organizado, sistemático y universal como no se había visto hasta ahora, que está ganando batallas a la vida en todos los frentes. Allá donde pretende instalarse, ese plan comienza por una siembra de ideas a base de campañas en medios de comunicación: publicidad, cine, literatura, etc., y en eventos culturales y deportivos. Un vez que las ideas han tomado asiento en la opinión pública, no resulta difícil llevarlas al campo político para transformarlas en leyes, con lo cual las ideas pasan a ser hechos, sin por ello abandonar el mundo de las ideas, que siguen siendo sostenidas por los mismos medios que las sembraron, a los que se añade un nuevo baluarte, la escuela.

Este relato no es nada más que una descripción sucinta de lo que ha ocurrido entre nosotros a lo largo de los cinco o seis últimas décadas. Hoy podemos comprobar cómo la “cultura de la muerte” se ha hecho con el dominio de las cabezas y del poder, y no solo se ha hecho con ese dominio, sino que lo mantiene por derecho de conquista. Por todo ello, no solo deberíamos hablar de cultura sino también de dictadura. Aquí es adonde hemos llegado quizá sin darnos cuenta del todo y aquí estamos hoy, en una dictadura contra la vida, disimulada en su nombre, engañosa en sus términos, coloreada en sus formas, disfrazada de legitimidad por el hecho de haber pasado por el filtro de los parlamentos, pero dictadura que tiene desatada una verdadera guerra contra la vida a la que persigue y aplasta tanto como puede. Y es mucho lo que puede, sobre todo en los países que controlan el poder político y económico en una buena parte del mundo.

En esta guerra entre vida y muerte, la única resistencia visible es el movimiento pro-vida. La expresión pro-vida tiene está asociada con la lucha contra el aborto voluntario, pero no puede confundirse con esa lucha porque el campo pro-vida es mucho más amplio que la cuestión del aborto. La cultura de la vida incluye el problema del aborto, faltaría más, pero se extiende a todos los campos donde la generación y mantenimiento de la vida humana se ve amenazada o impedida, maltratada o directamente aniquilada. Ser pro-vida es mucho más que estar en contra del aborto de manera teórica y descomprometida. Ser pro-vida es estar implicado al lado de la vida, rezando y actuando allí donde la vida es atacada, donde se manipulan o se ciegan sus fuentes como son la fecundación in vitro, los ensayos de ingeniería genética, las prácticas de esterilización... Ser pro-vida es tomar conciencia, rezar y actuar en contra de la corriente generalizada que desprestigia la paternidad y la maternidad, y con ellos el matrimonio, la familia y la prole, y, en cambio, esa misma corriente promueve y fomenta la pornografía, la prostitución y la homosexualidad/transexualidad; ser pro-vida no consiste solo en participar en movilizaciones a favor de la vida, que habrá que hacer, pero que en la práctica se demuestran ineficaces comparadas con la oración confiada y perseverante y con las acciones concretas que se puedan llevar a cabo, que cada vez son menos.

Rezar ya sabemos cómo se hace, lo complicado parece estar en cómo actuar con firmeza y con medios legítimos, sin violencia de ningún tipo, sacando el mayor partido a los escasos márgenes de libertad que aún quedan. Recetas, que yo sepa, no hay, pero sí podemos aprender de la historia. Ella nos enseña que frente a las dictaduras, los hombres han actuado siempre resistiendo, de hecho “resistencia” en diccionario de la RAE significa, en su tercera acepción, “conjunto de personas que, generalmente de forma clandestina, se oponen con distintos métodos a los invasores de un territorio o a un dictadura”. Si hemos llegado al punto de encontrarnos sumidos en una dictadura de muerte, resistir toca, sabiendo que en toda dictadura la reacción contra la resistencia es la represión. Hablar,  actuar y a veces hasta rezar por la vida es situarse frente a lo que hoy está establecido, exponiéndose a la censura social y en algunos casos a la legal, con riesgo de exclusión social y penalización administrativa o judicial. Pero también tiene sus ventajas. Una de ellas es la creatividad. Las resistencias siempre han sido creativas, han de serlo por necesidad. Por eso la clave no está en buscar recetas sino en no doblegarse, en resistir contracorriente armados de fe, convicción y paciencia.

Y todo esto —quizá te preguntes, lector— qué tiene que ver con la perfectibilidad del hombre, título de esta serie de artículos. La relación está en que la cultura/dictadura de la muerte promueve la infecundidad y la infecundidad no puede ser perfectiva de nada porque su objetivo final no es la promoción de la vida, sino su extinción. Justo lo contrario es lo que ocurre con la fecundidad, cuyo objetivo es perfectivo en el el doble sentido de multiplicación y prosperidad. Por una ley inscrita en la naturaleza, la vida, toda vida, la de todos los seres vivos, conlleva un impulso natural hacia la supervivencia, la reproducción y el propio perfeccionamiento. En esta ley natural de supervivencia y mejora de la especie se basa la teoría de la evolución, sea más o menos acertada, que, dicho sea de paso, no es más que una teoría con muchísimos agujeros y sin avances científicos significativos.

Pero vayamos a lo que nos ocupa. Parece poco discutible que la muerte no puede perfeccionar nada. Si el hombre es perfectible, tendrá que serlo gracias al dinamismo de la vida, no al de la muerte. En todo caso, volviendo los ojos al cielo, bastaría con recordar que es la fecundidad es mandato divino, y el cumplimiento de todo mandato divino es perfectivo.

Este campo de la fecundidad, es el que, en mi opinión, más interesa a la educación y también en mi opinión el más abandonado porque es evidente que no estamos educando a nuestros muchachos para la fecundidad. La educación lleva mucho tiempo enfocada al logro del éxito y del prestigio social individual, más que al perfeccionamiento integral de la persona humana. No estoy diciendo nada contra la promoción personal y la búsqueda del éxito, que es completamente legítimo, pero sí digo que es un enfoque muy peligroso porque concentra todos los esfuerzos en que la persona piense solo en sí misma y se dedique a sí misma. Cuando este planteamiento se cierra sobre sí mismo y la persona pone en primer lugar sus logros individuales, estamos ante un error de perspectiva porque así no hay manera de ser fecundos, así lo que hay es un enorme riesgo de darse culto a sí mismo, y ese culto es infecundo por necesidad porque para que haya fecundidad es precisa la relación. Una persona es fecunda cuando sale de sí misma y entra en relación con otra o con varias. Sin relación no hay fecundidad posible, sea de vida biológica, espiritual o de ambos tipos. La persona solo puede ser fecunda cuando entra en relación con los demás, pero no como medio para servirse a sí mismo, sino para servirlos, es decir, cuando el fin de sus preocupaciones no está en asegurar sus días ni su bienestar material, sino en darse de manera libre, voluntaria y generosa. Dicho con palabras infalibles del Maestro, Jesucristo: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Mt 16, 25-26).

Comentarios

Entradas populares de este blog

TIEMPOS DE RESCATE (VI) El Santo Ángel Custodio de España, una devoción a rescatar