EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (VIII) España, país infecundo

 “Difícil será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad” (José Ortega y Gasset. España  invertebrada. 1921).

Este artículo es continuación del anterior. Por eso voy a comenzar repitiendo unas palabras del último párrafo del artículo del mes pasado. Decíamos entonces queCuando la persona pone en primer lugar sus logros individuales, estamos ante un error de perspectiva porque así no hay manera de ser fecundos, así lo que hay es un enorme riesgo de darse culto a sí mismo, y ese culto es infecundo por necesidad porque para que haya fecundidad es precisa la relación. Una persona es fecunda cuando sale de sí misma y entra en relación con otra o con varias. Sin relación no hay fecundidad posible, sea de vida biológica, espiritual o de ambos tipos. La persona solo puede ser fecunda cuando entra en relación con los demás, pero no como medio para servirse a sí mismo, sino para servirlos, es decir, cuando el fin de sus preocupaciones no está en asegurar sus días ni su bienestar material, sino en darse de manera libre, voluntaria y generosa.

Dos posibles objeciones

Desde un enfoque educativo, que es el que motiva estos escritos, a esta afirmación se le suelen hacer dos objeciones. La primera es que también se pueden cubrir los dos frentes, la búsqueda de la promoción personal y la entrega de la vida; la segunda es que sí debemos educar para el éxito y el prestigio individual porque cuanto mayor sea este, la persona exitosa podrá volcarse más y mejor en favor de los demás.

Las dos son falsas, aunque en ambas hay algo de verdad. En cuanto a la primera, es cierto que podemos atender a los dos frentes, la promoción personal y la entrega de la vida. Y no solo podemos, sino que debemos hacerlo, pero jerarquizándolos; los dos no pueden ser el primer objetivo porque nadie puede servir a dos señores. La cosa está en que no puede haber dos objetivos, sino uno solo. Si ese objetivo es la promoción personal, la entrega a los demás quedará como un apéndice o un adorno; si el objetivo real es el servicio a los demás, la promoción personal no quedará anulada, sino que ocupará el lugar que le corresponde, que es el de ser un excelente medio, pero medio, no fin.

La segunda objeción consiste en razonar así: yo cultivo y enriquezco mi persona y de ese modo podré ser más eficaz ayudando a los demás. Eso también tiene algo de cierto porque a mayor capacitación y perfeccionamiento, más posibilidades de ayuda, pero encierra una falacia que no siempre es fácil de ver. “Un hombre no es nunca eficaz —vuelvo a citar a Ortega y Gasset— por sus cualidades individuales sino por la energía social [entiéndase confianza] que la masa  ha depositado en él”, es decir, por la confianza que genera su entrega gratuita a los demás. En todo caso, la falacia se entenderá mejor si en vez de perfeccionamiento personal hablamos de riqueza económica. Si alguien dijera que va a procurar ser muy rico para de ese modo poder ayudar a los pobres, no le creería sino algún ingenuo. Él podrá autoengañarse con ese razonamiento, pero no convencerá a nadie sensato porque es sabido que a los pobres no los ayudan quienes se afanan por enriquecerse, sino al revés, los desprendidos que voluntariamente se empobrecen. La clave no es cuantitativa sino moral, no está en la cantidad, sino en la voluntad. No se trata de ser cuantitativamente más o menos rico o más o menos pobre, sino en vivir con el deseo de complacerse con tener riquezas y amasar fortuna, o, por el contrario, vivir con voluntario desprendimiento.

Estamos comparando criterios que son opiniones, planteamientos teóricos, y en cuanto que son teóricos pueden parecer todos igualmente válidos. Pero lo que construye la vida real no son los criterios desnudos sino los criterios plasmados en hechos concretos. La historia es la que testa las ideas cuando estas se transforman en acciones, por eso la historia es el notario que da fe de la validez o invalidez de las ideas. Pues bien, la historia tiene más que demostrado, con abundantísimos ejemplos, que las grandes instituciones de ayuda a los necesitados no las han fundado ni las mantienen los ávidos de vida cómoda, de prestigio, de éxito, los que buscan ser más ricos cada día, sino los que han dedicado su vida a los demás, los que han repartido generosamente lo que tienen, sea mucho o poco. En el santoral católico tenemos ejemplos a millares. Con la beatificación de Carlos Acutis salió a la luz un estudio de 1955 que demostraba que el 78 % de los hasta entonces declarados santos y beatos por la Iglesia, habían sido miembros de las clases altas y acomodadas, todos ellos ricos o muy ricos. Valga una pequeñísima muestra. San Francisco de Asís, santa Isabel de Hungría, san Francisco de Borja, san Carlos Borromeo, santa María Micaela... son solo unos cuantos luceros luminosos de un firmamento plagado de millares de hombres y mujeres que han enriquecido a otros usando sus particulares fortunas, o desprendiéndose de ellas y renunciando a un prestigio que ya tenían para gastarse en favor de los más pobres.

Si nos vamos ahora a los grandes maestros, ocurre lo mismo. No se han enriquecido primero intelectualmente hasta llegar a su cumbre para después dedicarse a los demás, sino que ha sido al revés: por vocación de servicio a los demás han ido progresando en sus investigaciones y estudios y así han llegado hasta su cumbre.

El afán exclusivo por los éxitos individuales puede llevarnos a conseguir tantos triunfos como den de sí nuestras capacidades, llegar a todas las metas que estén a nuestro alcance y lograr el reconocimiento a la propia valía; ahora bien, la sociedad no mejora ni progresa con mujeres y hombres individualmente exitosos. La prosperidad y el progreso social se consiguen a base de entrega generosa de individuos bien preparados, que no es lo mismo. La generaciones de jóvenes actuales tienen más oportunidades formativas que hayan tenido nunca las anteriores y, probablemente, una preparación científico-técnica como no se había conocido antes. Sí, pero solo con eso lo que hemos construido ha sido la sociedad más individualista que ha existido hasta ahora en este suelo, la menos entregada de nuestra historia, la menos patriótica, o lo que es igual, la más egoísta. Y precisamente por eso somos un país inmensamente infecundo. Y por el mismo motivo la España actual es menos España que nunca, porque ha renunciado a ser pueblo para ser masa, un agregado de individuos sin empresa ni proyecto común. España se muere de ancianidad y ni los jóvenes están volcados en dar vida ni los adultos los motivamos a ello. ¿Es que son estos jóvenes actuales menos entregados o menos generosos que los de generaciones anteriores? No. Yo al menos me niego a aceptarlo. Lo que sí me parece es que desde hace décadas la inmensa mayoría no están siendo orientados ni formados para sacrificarse por los demás, para entregar la vida en favor de causas nobles y para la fecundidad generosa, sino para la egolatría, para satisfacer caprichos, para darse culto a sí mismos en una vida de ocio placentero e inmanente, sin trascendencia ninguna. Cundo hablamos de educación quizá olvidamos que no educamos solo las personas particulares ni siquiera las familias, por decisiva que sean estas, educa la sociedad entera, y desde hace muchos años la sociedad entera ha optado por desterrar la fe y la vida del espíritu para sustituirla por una vida de materialismo y confort. ¿Cuál es el problema?, ¿hay que renunciar a disfrutar de la vida?

El problema del materialismo y el confort

El problema del materialismo no es que busquemos satisfacer nuestras necesidades materiales del mejor modo posible. Nadie, en principio, está obligado a vivir en estrechez y a renunciar a la prosperidad material. El problema está en olvidar que “no solo de pan vive el hombre”, palabras sagradas que podemos aplicar al hecho de que no somos solo materia sino también espíritu. Al tiempo que seres corporales (materiales), y sin dejar de serlo, somos también seres espirituales.

Quien olvida o desprecia su condición de espiritual, vive como si el cuerpo fuera lo único a tener en cuenta, o lo más importante, cuando no lo es. La vida del espíritu es más valiosa que la del cuerpo. Podrían citarse varios textos sagrados nuevamente. Será suficiente con estas palabras de Jesús: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10, 28), lo cual no significa desprecio por el cuerpo. El cuerpo no es despreciable porque tiene la dignidad propia de la persona, pero la vida del espíritu es mucho más noble, más sublime, más valiosa. Digo más, no solamente es que las necesidades del cuerpo deben ser bien atendidas, es que solamente cuando se posee una vida espiritual rica se puede valorar el cuerpo en su justa medida. Nadie tiene un concepto más alto de la dignidad del cuerpo humano que quien reconoce que el cuerpo forma unidad con el alma pero desde un estatus de inferioridad. A mayor altura de miras espirituales, mayor valoración del cuerpo. Los errores en la comprensión y valoración del cuerpo, tan habituales en nuestra época, no vienen por exceso de espiritualidad sino por su defecto, esos errores tienen su causa en la dejadez y el olvido del recto cultivo de la vida espiritual, que es adonde conduce la instalación en una vida materialista y hedonista.

El problema del materialismo y de la obsesión por el confort es que encoge la vida del espíritu hasta asfixiarla. La vida del espíritu eleva al hombre, le hace mirar hacia arriba, le empuja a proponerse metas altas y volar hacia ellas, mientras que la vida materialista le aplasta contra las realidades de esta tierra, le obliga a proponerse metas facilonas hasta atrofiarlo en sus expectativas y dejarle sin altura de miras y sin esperanza. Así no hay nada sublime por lo que luchar, nada por lo que esforzarse, nada ilusionante que comunicar a los demás, nada valioso por lo que sacrificar la vida. Así se llega a primar la cultura gregaria de masas sobre las bellas artes, los estadios por encima de las bibliotecas, el culto al cuerpo por encima del culto a Dios, los eventos deportivos sobre la Santa Misa... y así hemos acabado padeciendo en España de una infecundidad suicida que prefiere emplear el tiempo en cuidar mascotas en lugar de cuidar hijos. Hemos empobrecido tanto nuestras metas y expectativas, que tenemos una población de perros y gatos que dobla en cantidad al número de niños. No tengo nada en contra de estos animales, cuya tenencia puede ser útil e incluso aconsejable, según los casos, pero me parece que quien opta por cuidar de un perro antes que cuidar de un hijo padece un desajuste en la valoración de ambos seres, el perro y el hijo.

Y así, paso a paso, zancada a zancada, hemos venido a ser un país puntero en realizaciones de la cultura de la muerte y a la vez el país de cola dentro de los países que mandan en este mundo, que, por otra parte, tampoco es que sean ejemplos a imitar. Pero no deja de llamar la atención, al menos la mía, que formemos parte de esa élite aunque no tengamos poder político ni económico. En ese club de países ricos nuestro papel no pasa de ser un invitado al que se le da una silla, se le permite decir alguna cosa y salir en las fotos. Habría que preguntarse por qué somos admitidos entre los grandes si nuestra fuerza no es comparable con la suya ni de lejos. En mi opinión estamos ahí por nuestro poder cultural.

España no tiene poder político ni económico para medirse con los poderosos, pero tiene un peso histórico-cultural en el mundo muy considerable y muy influyente. La singularidad de la cultura hispana hace que todo lo que es genuinamente nuestro suscite un elevado interés fuera de nuestras fronteras. España ofrece al mundo, entre otros datos, la cara amable de su atractivo turístico; un palmarés deportivo que nos sitúa en la élite mundial (hay clasificaciones que nos colocan entre los cinco mejores); el peso de una historia épica y un idioma, el español, que es el cuarto más hablado del mundo y el segundo en las relaciones internacionales. Todo ello nos convierte en un referente internacional para muchos países, sobre todo para Hispanoamérica, cuyas naciones han copiado nuestras leyes y nuestros patrones culturales actuales, que hoy son patrones de guerra contra la vida.

El suicidio demográfico, problema patrio

Líneas atrás he escrito que tenemos en este momento la sociedad menos patriótica de nuestra historia. Conviene explicar esa afirmación porque depende de qué entendamos por patriotismo o cómo lo entendamos. Si por patriotismo entendemos el orgullo de ser españoles, o entonar con alborozo el “yo soy español, español, español” no hay peligro, sigue habiendo millones de españoles patriotas. Si consiste en arroparse con banderas rojigualdas cuando juegan nuestras selecciones deportivas, especialmente las de fútbol, en vibrar con los triunfos de las grandes figuras de tenis, de baloncesto, de atletismo, de los deportes del motor, etc., entonces el patriotismo está salvado y no solo salvado, sino en auge.

¿Algo que objetar a estas manifestaciones? Nada. No solo no hay nada que objetar, sino que hay que congratularse con ellas y aplaudirlas. Pero esto no es nada más que la cara sentimental del patriotismo, que está bien y suele ser muy útil con niños y adolescentes, pero adolece de lo que adolecen todos los movimientos sentimentalistas, de falta de peso. Si esas manifestaciones no van acompañadas de algo de mayor hondura, estamos ante un patriotismo que no pasa de ser un suflé, que igual que sube, baja. Hoy estamos viviendo un drama demográfico —un dramón— que es consecuencia de la cultura de la muerte y que parece importar a pocos e inquietar a menos aún, pues no se ve que tomemos las únicas medidas que podrían remediarlo, que son el fomento de la natalidad, las medidas provida y, lo más importante, una educación que anime, aliente e ilusione a nuestros jóvenes en favor de la constitución de familias numerosas (numerosas de verdad). Se me podrá espetar toda la ristra de dificultades que hoy pesan en contra de la formación de estas familias. No se me escapan tales dificultades, como tampoco se les escapan a los matrimonios que las barruntan y empiezan a experimentarlas cuando les nace su primer hijo. Y aún así, valientes ellos, se lanzan a ser generosamente fecundos. Son contados, pero los hay y están aquí, entre nosotros, ofreciendo un testimonio brillante para quien quiera  verlo. España depende de ellos y de otros que quieran hacer como ellos. Eso, hoy y siempre, es patriotismo sólido que merece gratitud y aplauso.

¡Gracias, valientes!

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