EL HOMBRE, SER PERFECTIBLE (y IX) Las dificultades. Y, por último, la oración

 “El que de antemano se niega a lograrse en el verdadero y último sentido y (…) elige la frustración, no encontrará la felicidad en ningún lado. Aunque es posible que la perversión le ofrezca en recompensa el aturdimiento y la fuga constante de sí mismo” (Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. 2007).

A lo largo de esta serie de artículos hemos ido ofreciendo una serie de reflexiones en torno a este rasgo propio de los seres humanos que es nuestra perfectibilidad, rasgo exclusivamente nuestro, por el cual la vida entera está llamada a ser un proceso madurez continuo, desde el nacimiento hasta la muerte. Todo lo que hemos dicho hasta ahora se puede encuadrar en alguna de estas cuatro grandes áreas que son básicas y fundamentales para el crecimiento de la persona: la educación, el trabajo, la fecundidad y el estudio.

Si quisiéramos buscar los rasgos comunes a esas cuatro áreas, entre esos rasgos, sean los que fueren, habría uno con el que contar necesariamente: las dificultades. Las dificultades (contratiempos, obstáculos, contrariedades, cansancio, etc.) se hacen siempre presentes en todo aquello en lo que el hombre se emplea. En la vida humana nada está exento de dificultades y las hay muy variadas. Unas tienen su origen en el propio individuo, en sus caídas y errores, y otras vienen desde fuera: oposición, afanes, imprevistos, etc. Con unas y otras hay que contar, ciertamente, y son una carga onerosa que hace sufrir, pero las dificultades son un banco de oportunidades. Acerca de ellas podemos tener una idea negativa, pensando que solo sirven entorpecer o impedir nuestras tareas, con el consiguiente perjuicio.

Este planteamiento es muy común, y puede estar cargado de razón, pero si no elevamos la mirada, la visión se queda muy chata. Es al revés, las dificultades son pruebas que nos depara la vida sin las cuales no nos curtiríamos, ni podríamos crecer como personas. En esto los educadores tenemos una gran responsabilidad, porque en este campo la educación consiste en acompañar a los muchachos cuando tienen que hacer frente a las dificultades, en ayudar a superarlas dosificando sus esfuerzos. Suprimir las pruebas, evitar la lucha, es dejarlos en manos de su debilidad, abandonarlos a un estado de inmadurez permanente. Una de las virtudes más necesarias en este momento es la virtud de la fortaleza, que es la que orienta y guía la conducta en un doble frente, sosteniendo para conquistar el bien y resistiendo para rechazar el mal.

En la vida de quien busca la verdad y quiere vivir de acuerdo con ella, haciendo las cosas lo mejor posible, hay momentos de oscuridad, a veces de extrema dureza, en los que parece como si la vida se encabritara, cual caballo desbocado que amenaza con imponer su fuerza sobre el jinete y vapulearlo. Lo que impide el crecimiento no son las dificultades, sino la vida fácil, sin esfuerzo, la vida algodonosa y muelle, que puede seducir por su llamada a la comodidad y al placer, pero si todo se reduce a buscar la comodidad y el placer, el hombre no podrá evitar el hartazgo y el aburrimiento. Vivir instalados en la molicie es asegurar la modorra y la tristeza. Este es el drama actual de tantos adolescentes, que a los quince años están hartos de vivir y acaban buscando la peor de las salidas: la falta de sentido de la vida, el no tener nada por lo que esforzarse y luchar porque se les da todo hecho. No hay que tener miedo a las caídas y los propios errores. Si sabemos aprender de ellos, no son freno, sino lecciones, correctivos para enderezar las desviaciones en las que podamos incurrir. Y algo muy parecido hay que decir de los obstáculos que se nos presentan desde fuera.

Traslado aquí un punto del diario de Santa Faustina Kowalska (con su misma ortografía) en el que ella narra una visión que tuvo y que le resultó muy aleccionadora cuando, siendo muy joven, estaba atravesando momentos de oscuridad muy intensos:

“Una vez vi una multitud de gente en nuestra capilla y delante de ella, y en la calle por no caber dentro. La capilla estaba adornaba para una solemnidad. Cerca del altar había muchos eclesiásticos, además de nuestras hermanas y las de muchas otras Congregaciones. Todos estaban esperando a la persona que debía ocupar lugar en el altar. De repente oí una voz de que era yo quien iba a ocupar lugar en el altar. Pero en cuanto salí de la habitación, es decir del pasillo, para cruzar el patio e ir a la capilla siguiendo la voz que me llamaba, todas las personas empezaron a tirar contra mí lo que podían: lodo, piedras, arena, escobas. Al primer momento vacilé si avanzar o no, pero la voz me llamaba aún con más fuerza y a pesar de todo comencé a avanzar con valor. Cuando crucé el umbral de la capilla, las Superioras, las hermanas y las alumnas e incluso los Padres empezaron a golpearme con lo que podían, así que, queriendo o no, tuve que subir rápido al lugar destinado en el altar.

En cuanto ocupé el lugar destinado, la misma gente y las alumnas, y las hermanas, y las Superioras, y los Padres, todos empezaron a alargar las manos y a pedir gracias. Yo no les guardaba resentimiento por haber arrojado contra mí todas esas cosas, y al contrario tenía un amor especial a las personas que me obligaron a subir con más prisa al lugar del destino. En aquel momento una felicidad inconcebible inundó mi alma y oí esas palabras: Haz lo que quieras, distribuye gracias como quieras, a quien quieras y cuando quieras. La visión desapareció enseguida” (Diario, 31).

Tras estas líneas sobre las dificultades vamos a decir algo sobre el trato con Dios. He recordado cuatro grandes áreas decisivas para el crecimiento personal: la educación, el trabajo, la fecundidad y el estudio, insistiendo en que las cuatro son decisivas, pero aún nos queda hablar de la más importante de todas, el trato con Dios. Nada hay que más perfeccione al hombre que el trato con Dios. Al decir esto no me refiero a prácticas de piedad, sino a algo tan humano como es el trato entre personas. Todos los hombres somos personas (personas humanas) y Dios también es personas (tres Personas Divinas). Aunque las diferencias entre las personas humanas y las divinas sean mayores que los parecidos, ahora lo que nos interesa en fijarnos en el hecho de que en ambos casos somos seres personales.

El pensamiento personalista del siglo XX a lo largo de todo el siglo, ha insistido en la importancia de la relación dentro del concepto de persona, hasta el punto de caracterizar a la persona como un ser de relación. Ser persona es ser en relación, se ha dicho una y otra vez. Este hecho de que la persona sea un ser en relación es el fundamento de nuestra perfectibilidad; todo lo que hemos ido viendo: la educación, el trabajo, la fecundidad, el estudio, no serviría de nada, más aún, ni siquiera podría darse, si no estuviera sustentado en la relación personal. La relación es esencialmente perfectiva, es decir, resulta perfectiva de suyo, en sí misma (siempre que no sea una relación espuria, ni torcida, evidentemente, pues de relaciones torcidas, si se sabe que son dañinas, hay que huir porque de ellas no se puede esperar perfeccionamiento de ningún tipo, sino lo contrario).

Pues bien, de todos los ámbitos de relación, ninguno como el trato con Dios para crecer y madurar porque de ninguna relación se deriva tanto bien como de tratar con Dios, Bien Sumo y fuente de todo bien. Es preciso insistir en que este trato no está reservado a personas especialmente religiosas, sino abierto a todo ser humano. Al decir esto no quiero minimizar el valor de las prácticas religiosas, ni restar un ápice de la importancia que tienen, que es mucha, especialmente los sacramentos, pero ahora lo que interesa es significar que todo hombre está llamado a relacionarse personalmente con Dios, haciendo ver que esa relación es imprescindible si quiere crecer y desarrollarse como persona. Una sola condición es necesaria: la apertura del espíritu, en nuestro caso de cristianos, no ahogar la fe recibida en el Bautismo, desempolvarla si hiciera falta, pero con el firme propósito de no bloquear el corazón. La cerrazón voluntaria es lo único que puede impedir la acción de Dios. Descartada esa cerrazón, a poco que nos abramos a una relación sincera con Dios, aunque sea reservada a nuestro interior, sin ninguna manifestación externa, el fruto benéfico no se hará esperar.

Esta no es una opinión piadosa ni interesada, sino la consecuencia lógica y necesaria del funcionamiento de la psicología humana, que, probablemente, muchos de nosotros hayamos experimentado en muchas ocasiones. Quien más, quien menos, tenemos experiencia sobrada de que el contacto con una personalidad rica nos hace bien. Quien tenga o haya tenido la fortuna de vivir al lado de alguien que ha ido madurando en valores y virtudes humanas, en estabilidad emocional, en bondad, en sosiego, en paciencia, en capacidad de servicio, en alegría… sabe que el simple contacto con alguien así ayuda a ser mejores, parece como si su bondad tirara de nosotros hacia arriba. Pues bien, si eso ocurre entre nosotros que, por muy virtuosos que podamos ser, estamos todos a una distancia incalculable de la perfección divina, con cuánta más razón el contacto estrecho con Dios nos hará crecer.

Hasta ahora hemos hablado de relación y contacto con Dios porque así lo ha exigido el hilo de esta reflexión, pero esa relación y ese contacto tienen nombre: oración. Orar no es lo mismo que rezar, aunque ambas cosas puedan (y deban) ir juntas. El rezo es exterior, la oración interior; rezar es dirigir plegarias vocales a Dios, orar es mantener trato con él en una relación personal. No se vea en estas palabras una falta de consideración hacia el rezo, pues el hecho de que sea algo exterior no le hace menos humano, ya que la exterioridad humana no tiene por qué ser menos humana que la interioridad. Si hacemos esta distinción entre rezo y oración es para hacer ver la necesidad de la oración y para ayudar a que nuestros rezos sean verdaderas oraciones.

La oración es oración siempre, el rezo puede serlo o no. Ocurre que las palabras son imprescindibles para la relación ya que el hombre no puede pensar sin palabras y por eso, en la relación con Dios, la oración necesita pasar por las palabras. (No hablo aquí de la oración contemplativa, que es cosa de la que poco o nada podría decir yo, sino de la práctica de la oración cuando enseñamos a rezar). En este caso no hay otra manera de articular nuestras oraciones que convirtiéndolas en rezos. Pero insisto en la necesidad de distinguirlos. El rezo es una práctica particular y cada cuál sabrá qué tiene que rezar, cuándo, cuánto y cómo. Ojalá nuestros rezos fueran siempre oraciones, pero no lo confundamos, la oración es una dimensión universal del hombre, un rasgo antropológico debido al sentido de trascendencia cuya cúspide está en la relación con Dios y que es previo a toda práctica religiosa. En la maduración de la persona el proceso normal es pasar del rezo a la oración, pero sin abandonar el rezo. En la vida ordinaria, y por tanto, en el proceso de maduración el rezo ocupa momentos específicos, más o menos cortos o largos según diversas circunstancias: edad, obligaciones, estado de salud y de ánimo, etc., la oración en cambio está llamada a ser continua porque la presencia de Dios es continua.

Al comienzo de estos artículos decíamos que en su momento hablaríamos del fin de la educación en cuanto perfeccionamiento de la persona humana. Este es su momento: llevar a una vida de trato íntimo, intenso y continuo con la fuente de la perfección, el Dios tres veces santo.

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